La mente de Rayna iba a mil por hora, pero su rostro se mantuvo con calma. Esbozó una sonrisa con dulzura.
—Ya veo. Muy bien, le molestaré, señor Fay. Por cierto, no puedo dejar de pensar en ese pasaje antiguo. Señor Fay, ¿no conoce a algún experto en escrituras antiguas y artes perdidas? Vive en Ciudad del Este, ¿no? ¿Podría invitarlo a la mansión ahora mismo para aclarar mis dudas? Puedo pagarle.
Mientras hablaba, observó a Jaime, buscando cualquier indicio sutil en su rostro.
Jaime imaginó al instante la trampa. Si no era el Jaime original «si él era el impostor», un simple desliz con el nombre del erudito rasgaría su máscara, exponiéndolo por completo.
Ese momento crucial, afilado como una cuchilla, flotaba en el aire, listo para penetrar con el más mínimo temblor de incertidumbre.
Una maldición silenciosa quemó en la boca de Jaime. Rayna era implacable: brillante, cortés y, sin embargo, un peligro constante.
Buscó en los recuerdos prestados de Queten. Recordaba varios anticuarios, sí, pero sus rostros se desdibujaban, sus direcciones se esfumaban y ninguno era lo suficientemente claro como para identificarlo.
La petición inmediata de Rayna de una invitación no era inocente; era una prueba dirigida a desenmascarar la debilidad de su disfraz.
Aceptar era un suicidio: no tenía idea de a quién llamar, y mucho menos de cómo localizarlo con tan poca antelación.
Pero una negativa rotunda gritaría su verdad más fuerte que cualquier confesión.
Sus pensamientos chocaron, giraron y finalmente se detuvieron en una solución. Necesitaba un término medio, ahora o nunca.
Permitió que un rastro de preocupación se dibujara en su frente.
—Señorita Rayna, ¿se refiere acaso al señor Moros? Para ser franco, se marchó de la Ciudad Inmortal de Jade hace unos días y su regreso sigue siendo incierto.
Jaime dejó escapar un pequeño suspiro.
—En cuanto a los demás, uno sigue de viaje y otro se ha encerrado en su habitación. Me temo que no se podrá convencer a ninguno esta misma noche.
Una chispa brilló tras las pestañas de Rayna, rápida como el destello de una gema al reflejar el sol.
Inclinó la cabeza, con voz ligera.
—¿El señor Moros se ha marchado? Qué curioso… Escuché que alguien lo vio en Ciudad del Oeste hace solo tres días.
El comentario le dejó un nudo en el pecho a Jaime; percibió el desliz casi antes de que ella terminara de hablar.
Contuvo la respiración y esbozó una sonrisa contrita.
—Entonces las noticias deben de haberme adelantado. Si el señor Moros ya ha regresado, mucho mejor. Aun así, es tarde. Ir a buscarlo esta noche sería inapropiado. Mañana, al amanecer, cabalgaré a Ciudad del Oeste; si está libre, yo mismo lo acompañaré hasta aquí. ¿Le parece bien?
La oferta le facilitaba las cosas, dándole unas horas que necesitaba desesperadamente, mientras que, al mismo tiempo, daba la impresión de que estaba dispuesto a complacerla.
Rayna lo evaluó por unos instantes antes de esbozar una sonrisa, intensa como el sol de primavera, pero extrañamente fría para él.
—Muy bien, señor Fay. Mañana hablaremos de nuevo.
Dejó caer la nota de jade y preguntó con una aparente despreocupación:
—Por cierto, mi padre mencionó esta mañana la formación de Pendiente de las Almas Caídas. Usted se encargó del mantenimiento, ¿verdad? Últimamente parece inusualmente preocupado por ello.

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