La mirada de Jaime se volvió dura como el pedernal.
Con un gesto rápido, levantó dos dedos, los alineó y trazó una línea simple pero definitiva en el aire.
El silbido húmedo de la carne al ser cortada rasgó el silencio y resonó aún en los oídos de Jaime mientras la espada completaba su trayectoria. La cabeza de Molco se alzó, envuelta en su propia sangre, y el torso cayó inerte a través de la neblina.
Incluso en la muerte, el rostro de Molco conservaba su sonrisa desquiciada, como una negación final al veredicto de muerte pronunciado por Jaime.
Un Inmortal Superior de Nivel Tres, el Señor del Salón del Camino Malévolo… había sido aniquilado, cortado de raíz por un solo golpe que aún dejaba un leve temblor en la muñeca de Jaime.
Un silencio tan denso se cernió sobre la puerta de la montaña que Jaime casi lo sintió como sordera; nada se movía ni respiraba, como si el mundo entero contuviera el aliento.
Abajo, los más de diez mil cultivadores observaban fijamente las cenizas que se arremolinaban, el cadáver decapitado y, por encima de todo, la silueta flotante de Jaime, con la mirada vidriosa, la conmoción de animales que ven el fuego por primera vez.
Alguien articuló una pregunta, apenas más que un susurro.
—¿Muerto? —La sílaba se elevó y se desvaneció.
La verdad golpeó a la multitud con la fuerza de un trueno en un bosque seco: dos señores supremos del reino de los Altos Inmortales, uno del Salón del Camino Malévolo y otro del Palacio de Gehena, habían sido exterminados. El autor era un joven que aún no había alcanzado el nivel supremo.
Aquello no fue una lucha, sino una aniquilación total. Se sintió como un poder superior aplastando a uno inferior, como un talón hundiéndose en el barro. El concepto mismo destrozó la mente de los presentes.
Alguien se desplomó de rodillas, sus manos golpearon la piedra.
Ese colapso inicial provocó un efecto dominó: en un instante, el campo se llenó de figuras encorvadas, cayendo como fichas de dominó empujadas por una mano invisible. El terror se intensificó, manifestándose en un olor repugnante por la pérdida de control intestinal. Algunos temblaban violentamente, sus dientes castañeteando en un sonido minúsculo y patético, que apenas rompía el inmenso silencio.
—¡Perdónanos, Señor, perdónanos! —Las voces se superponían hasta que las palabras se convirtieron en un único lamento.
—¡El Camino Malévolo nos obligó! ¡Nos arrepentiremos, lo juramos!
—¡Piedad, Anciano, piedad! —El aire vibraba con los sollozos, y cada súplica arañaba la piel de Jaime como arena.
Los ancianos restantes en la sala estaban lívidos. Uno se desplomó en el sitio, mientras otros se retiraban, sus pies buscando desesperadamente una vía de escape de la pesadilla que se desarrollaba ante sus ojos.
Solo en ese momento Aurian, Barne y Voslak pudieron respirar de nuevo. Fijaron su mirada en la espalda de Jaime con la misma intensidad con la que un marinero observa un horizonte que creía inalcanzable. Sus ojos reflejaban asombro, estaban húmedos por el miedo y desbordados por una esperanza que repentinamente sentían inmerecida.
La alegría y la incredulidad se debatían en el interior de cada uno, dejando sus expresiones extrañamente vacías.
Apenas un mes antes, Jaime se había ocultado tras ellos, contando sus respiraciones mientras Gert sacrificaba su vida para protegerlo. Ahora, Jaime se alzaba en la cima del duodécimo nivel, borrando sin esfuerzo a los gigantes que ellos antes admiraban.
Los rostros bajo él se quedaron boquiabiertos; su terror y asombro se mezclaban en una misma mirada de impotencia. El ritmo de su progreso había destrozado sus viejas ecuaciones, y casi podían escuchar cómo sus certezas se hacían añicos.
El Señor Demonio Bermellón se aproximó a Jaime, revelando sus colmillos en una sonrisa.
—Bueno, ¿qué hacemos con estos indecisos?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El despertar del Dragón (Jaime Casas)