Justo cuando Jaime estaba perplejo, un viejo cultivador del Séptimo Nivel del Reino de la Fusión Corporal apareció de repente frente a él.
—Chico, entrégame el fragmento de alma de hielo que recogiste y puede que te perdone la vida.
El anciano había visto a Jaime agacharse y supuso que éste había encontrado un fragmento de alma de hielo.
Se había acercado tan audazmente a Jaime para arrebatarle el botín porque había intuido que Jaime era sólo un cultivador del Reino de la Fusión Corporal de Cuarto Nivel.
El anciano suponía que Jaime obedecería y le entregaría el fragmento de alma de hielo con una simple amenaza.
Jaime miró al viejo y le gritó:
—¡Piérdete! —«No tengo tiempo para entretener a este tipo. Necesito investigar por qué estas personas murieron, pero aún podían conservar su cultivo».
—Tienes el valor de hablarme de esa manera. Estás cortejando a la muerte. —El rostro del anciano enrojeció de ira.
¡Plaf!
Justo cuando la cara del anciano se llenaba de ira, Jaime apareció de repente ante él y le dio una bofetada en toda la cara, dejándolo completamente aturdido.
—¿No me oíste cuando te dije que te largaras? No me obligues a matarte —dijo Jaime mientras miraba con frialdad al anciano cultivador.
El aura del anciano estalló tras recibir la bofetada. Apretó los dientes con furia.
—¿Cómo te atreves a golpearme? ¡Te mataré!
El anciano se levantó de un salto y golpeó a Jaime con la palma de la mano.
Había pensado que Jaime entregaría el fragmento de alma de hielo con una ligera intimidación, pero ahora parecía que tenía que usar la fuerza.
Jaime ni siquiera se molestó en dedicarle una mirada a aquel anciano. En cambio, siguió observando a los cultivadores que acababan de morir a su alrededor.
Todos esos cultivadores experimentaron lo mismo. Tras morir, su cultivo se transformó en tenues resplandores blancos que se elevaron en el aire y se dispersaron.
Era como si algo en el aire absorbiera esas fuerzas.

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