—Qué extraño. No hay nada inusual en la niebla, y no es venenosa, así que ¿por qué no podemos llegar con nuestro sentido espiritual?
Jaime frunció las cejas.
—¿A quién le importa eso? Lo sabremos cuando entremos.
Mientras hablaba, Nimbus entró en la niebla.
—¡Esta niebla es increíblemente densa! Es difícil navegar sin mi sentido espiritual —Nimbus, que ya se había aventurado en la niebla, gritó sus observaciones.
En ese momento, Jaime lo siguió, y lo mismo hicieron los demás.
—Quédate más cerca y no te alejes solo. No podremos usar nuestros sentidos espirituales para buscarnos, así que, si acabamos separándonos, será difícil que volvamos a encontrarnos —advirtió Jaime en voz alta.
Los demás sintieron y avanzaron con calma.
Ahora se veían obligados a avanzar con cautela, fiándose de su instinto, porque el camino apenas se distinguía en la espesa niebla.
—¿Nimbus? ¡Nimbus!
Tras un rato caminando, Jaime seguía sin ver a Nimbus por los alrededores, así que empezó a llamar a éste.
Sin embargo, Nimbus no respondió.
—¿Soleil? ¡Soleil!
Cuando Jaime se dio la vuelta, descubrió que los individuos que lo habían estado siguiendo también habían desaparecido. En consecuencia, empezó a gritar sus nombres.
Por desgracia, por mucho que Jaime gritara, nadie le contestaba.
Jaime se volvió cauteloso.
Sin embargo, no tuvo más remedio que armarse de valor y seguir adelante. Pronto, encontró un martillo púrpura flotando en la niebla.
Jaime se sobresaltó. Enseguida se dio cuenta de que el martillo estaba hecho con piedra estelar índigo, un mineral muy pesado. Especuló que el martillo debía pesar miles de kilos.

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