Cuando Nimbus hizo su movimiento, los demás siguieron su ejemplo para bloquear la destructiva energía de escarcha que los alcanzaba.
Sin embargo, incluso con todos trabajando juntos, sólo pudieron resistir por un momento. Poco después, sus defensas se vieron desbordadas.
—Incluso el alma remanente de esta bestia de alma de hielo es tan poderosa. ¡Qué miedo! —comentó Basilio solemnemente.
Los demás también estaban preocupados. Si no podían enfrentarse al alma remanente de aquella bestia de hielo, todos morirían allí.
—Persistamos un poco más y no nos desanimemos. Esto no es más que el alma remanente de una bestia con alma de hielo. Seguramente no podrá resistir mucho tiempo y pronto se quedará sin energía —animó Violeta.
Cada uno de ellos sabía que sería inútil por mucho que refunfuñaran. Tenían que resistir, o todos se convertirían en esculturas de hielo.
—¿Dónde está el señor Casas?
Para entonces, Nimbus ya había tirado todas las placas de formación que llevaba encima y se dio cuenta de que no había ni rastro de Jaime.
Tras su pregunta, todos los demás miraron a prisa a su alrededor. En efecto, no vieron a Jaime por ninguna parte.
—¿Podría haberse ido? —soltó Temán.
Pero en cuanto lo dijo, sintió que se había expresado mal y cerró la boca.
—Nunca nos abandonaría y se marcharía solo. Además, la Señora Guerra sigue aquí. ¿Abandonaría a su propia mujer?
Basilio no creía que Jaime fuera a escapar solo.
Aunque quisiera hacerlo, nunca dejaría atrás ni siquiera a Violeta.
En cuanto Violeta escuchó aquello, su rostro enrojeció como tomate. Sin embargo, se alegró por dentro, pues hacía tiempo que anhelaba ser la esposa de Jaime.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El despertar del Dragón (Jaime Casas)