Zivon miró atento la Espada Matadragones, la Campana del Dragón, la Gobernadora y el fuego demoníaco, sintiendo amargura.
«¡Maldita sea! ¡Esto es tan injusto! ¿Por qué tiene tantos objetos mágicos?».
La batalla entre los dos continuaba. Jaime sentía un gran pánico. Todo este consumo no era una solución en absoluto.
—Supongo que tendré que usar esa cosa... —murmuró Jaime antes de retirarse del campo de batalla, dejando que las bestias mantuvieran ocupado a Zivon.
Luego, cerró los ojos, retiró la Espada Matadragones y levantó las palmas de las manos hacia el cielo.
La multitud se percató de la extraña acción de Jaime tras abandonar la batalla en un momento tan crítico y se preguntó qué estaba haciendo.
¡Boom!
De repente, un trueno crepitó en el cielo. La multitud vio una palma gigante materializándose sobre ellos.
Se divisaron nubes oscuras con relámpagos en medio de todo.
La enorme palma descendió poco a poco, y todos pudieron detectar su aterradora aura.
—¿Palma de Trueno? ¿Cómo conoces la Palma de Trueno? —El miedo se arremolinó en los ojos de Zivon mientras levantaba la cabeza y miraba con atención la palma de arriba.
No esperaba que Jaime conociera una técnica tan antigua como la Palma de Trueno.
Justo cuando Zivon estaba distraído, las bestias fueron hacia él y lo rodearon.
Al ver eso, Jaime se apresuró a enviar la Campana del Dragón a su oponente. Poco después, la colosal Campana del Dragón se precipitó hacia abajo, atrapando a Zivon y a las bestias en su interior.
¡Ding! ¡Ding! ¡Ding!
Zivon se sobresaltó cuando quedó atrapado dentro de la Campana del Dragón. Golpeó sin descanso la campana, haciendo que sonara en varias ocasiones.
Ignorándolo, Jaime golpeó la Campana del Dragón con la palma de la mano. En ese momento, la enorme palma que tenía encima aterrizó en el suelo. Siguió una atronadora explosión.
Cuando su palma golpeó la Campana del Dragón, produjo un sonido atronador.
La Palma de Trueno atravesó la Campana del Dragón y golpeó sin piedad a Zivon.


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