—Pa… Su Majestad, tenga por seguro que le demostraré a Ivana que soy el hombre del que debe enamorarse —dijo Zandro, con expresión contorsionada al sentir el cambio de actitud de Yoel.
—Pero tengo que recordarte que en la Ciudad Imperial de las Bestias está prohibido pelear. Esta es mi norma, y nadie puede ir en contra de ella —advirtió Yoel.
—Entiendo. —Zandro asintió antes de darse la vuelta para marcharse.
La expresión de Zandro era gélida cuando salió del palacio de Yoel.
—¿Cómo se atreve Yoel a tratarme como a un tonto? ¿De verdad cree que es fácil tratar conmigo? —dijo apretando los dientes.
Tomó un dispositivo de comunicación y llamó a Leuco.
—¿Cómo te fue, Zandro? ¿Cuándo vuelves? —preguntó Leuco.
—No creo que pueda volver pronto, papá.
Zandro relató brevemente a Leuco lo sucedido.
Leuco también se enfureció tras escuchar las palabras de Zandro.
—¡Yoel, ese viejo! Cómo se atreve a tomarse Ciudad Nortera a la ligera. Deberías volver si las cosas no van bien, Zandro. Como mucho, renuncia a casarte con Ivana. No tienes que preocuparte por conseguir esposa con tu identidad de príncipe de Ciudad Nortera. Encontraré tiempo para destruir Ciudad Imperial de las Bestias. Veremos si Yoel aún se atreve a engañarme. —Leuco echó humo.
—Debo buscar a Ivana antes de volver, papá. También puedo aprovechar para probar el poder de la Ciudad Imperial de las Bestias —respondió Zandro.
—Ahí hay que tener más cuidado. Nunca actúes de forma imprudente —recordó Leuco.
—No te preocupes. Aunque haga algo fuera de lugar, Yoel no se atreverá a hacerme nada a menos que quiera que lo eliminen de la raza de las bestias —dijo Zandro con seguridad.
Tras colgar, Zandro se dirigió a su residencia.
Nada más salir del palacio, vio a mucha gente en las calles. Por curiosidad, Zandro también se unió a la multitud.
Al acercarse, vio que Tigro y Jaime se enfrentaban.

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