—Señor Casas, me gustaría pedirle consejo sobre algo. ¿Puedo pasar? —preguntó Sigfrido.
—Um...
Jaime dudó. Después de todo, Violeta seguía en su habitación, y Sigfrido podría malinterpretarla si la veía allí.
Justo entonces, Sigfrido divisó a Violeta, ataviada con un vestido rojo brillante imposible de pasar por alto, tendida sobre una mesa.
—Ah, la líder de la secta está aquí. Siento la imposición. Volveré otro día, Señor Casas...
Sigfrido se apresuró a disculparse y se dio la vuelta para marcharse.
—¡No te vayas! —Jaime detuvo a Sigfrido.
Sabía que, si no lo aclaraba, Sigfrido malinterpretaría que algo pasaba entre él y Violeta. La noticia de la presencia de Violeta en su habitación a altas horas de la noche se extendería sin duda como un reguero de pólvora por la Secta del Caldero Esmeralda.
Jaime no deseaba que la gente lo malinterpretara, ni que la reputación de Violeta se viera empañada por ello.
Después de todo, era posible que Violeta se aprovechara del malentendido para obligarlo a juntarse con ella, y a Jaime no le quedaría más remedio que acceder para entonces.
—Por favor, pasa. La Señorita Guerra sólo ha venido a dar las gracias y quizá bebió demasiado...
Jaime tiró de Sigfrido hacia la habitación y continuó:
—Por favor, envía a dos de tus discípulos para que escolten a la señorita Guerra de vuelta.

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