—Bilu logró el avance del Reino de la Fusión Corporal tan rápido. ¿Podría haber experimentado algún tipo de encuentro fortuito?
Sigfrido frunció el ceño. Después de todo, una vez que alguien se convertía en Manifestador de Alto Nivel, la posibilidad de abrirse paso hasta el Reino de Fusión Corporal requería tanto oportunidad como suerte.
Por eso había vuelto Bilu. Quería utilizar la piscina medicinal para lograr un gran avance.
Sin embargo, Bilu había alcanzado el Reino de la Fusión Corporal incluso antes de la apertura de la piscina medicinal. Eso, naturalmente, hizo sospechar a Sigfrido.
Ahora, la brecha de poder entre Sigfrido y Bilu era cada vez mayor, y sería mucho más difícil para Sigfrido mantener su posición como el discípulo más antiguo de la Secta del Caldero Esmeralda.
De repente, Sigfrido se dio cuenta de algo y se dirigió rápido al almacén de la secta.
Había muchas píldoras de la Secta del Caldero Esmeralda guardadas en el almacén. Aunque esas píldoras no eran tan preciosas como las del tesoro medicinal, aún había muchas píldoras de alta calidad guardadas allí, como las Píldoras Elementum Totum.
Sólo al señor de la secta se le permitía tomar píldoras de alta calidad, por lo que el abrupto logro de Bilu hizo que Sigfrido se preguntara si el otro hombre había robado una de las píldoras de alta calidad de la secta.
Así pues, Sigfrido se dirigió al almacén para comprobar el inventario. Bilu sería castigado severamente si hubiera robado y consumido una de esas píldoras.
Sin embargo, justo cuando Sigfrido llegaba a la entrada del almacén, fue detenido por uno de los discípulos que lo custodiaban.
—Sigfrido, el almacén es una zona restringida, no está pensada para un acceso casual —le dijo el guardia a Sigfrido.
Los que custodiaban el almacén eran discípulos de Ebenezer, así que no albergaban mucho miedo de Sigfrido.
—¡Tonterías! El señor no está por aquí, y como discípulo más antiguo, tengo derecho a patrullar por toda la secta. Voy a comprobar el almacén ahora mismo. ¿Vas a impedírmelo? —espetó Sigfrido.
—Lo siento, Sigfrido, pero sin el permiso del señor Erazo no puedes entrar —insistió el guardia.
¡Plaf!


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