Sigfrido estaba lívido por haber sido ignorado. La intensidad de su aura aumentó, pero justo antes de que pudiera hacer su movimiento, Jaime lo detuvo.
—Los médicos son personas benévolas que sólo consideran pacientes a las personas que solicitan sus servicios. ¿Tratan a los pacientes en función de su identidad? Si es así, entonces no voy a buscar tratamiento aquí.
Jaime levantó la voz a propósito.
Justo después de terminar la frase, una voz ronca de anciano salió de la habitación.
—Los médicos son gente benévola, ¿eh? Déjalos entrar…
El joven no tuvo más remedio que hacerse a un lado.
Jaime siguió a Sigfrido al interior, donde se encontró con un anciano de espalda encorvada que vestía una túnica de color desvaído. Éste tenía barba gris y mirada cansada.
Jaime se sorprendió un poco al ver a Gamaliel, pues parecía mayor que el mentor de Sigfrido.
Sigfrido se adelantó y saludó con respeto:
—¡Señor Salom!
Gamaliel asintió en respuesta.
—Toma asiento.
Jaime y Sigfrido tomaron asiento, y Gamaliel escrutó a Jaime.
—Joven, has dicho que estás aquí para buscar tratamiento, ¿verdad? Pero tu respiración es estable y tu complexión es estupenda. No pareces enfermo.
Jaime se rio un poco.

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