Aquel giro de los acontecimientos era increíble. No podían creer lo que veían sus ojos.
Jaime los ignoró y miró su Espada Matadragones, acariciándola con suavidad.
—Los he sobreestimado al usar la Espada Matadragones para derrotaros. ¡No vale la pena dañar mi espada sólo para eliminaros a ustedes dos!
Tras esas palabras, Jaime guardó su Espada Matadragones.
Su intercambio previo le había llevado a reconocer que había dado demasiado crédito a las proezas de Francis y Sigfrido.
La decisión de Jaime de guardar su arma indicaba que no le preocupaba que supusieran un peligro significativo. Francis y Sigfrido hirvieron de rabia ante su aparente indiferencia.
El cuerpo de Jaime empezó a brillar con una luz dorada cuando activó el Cuerpo de Golem, y escamas doradas cubrieron todo su cuerpo.
—Si se ponen de rodillas y me piden perdón, haré que sus muertes sean rápidas e indoloras —dijo Jaime.
—No te adelantes, chico. Eres tan fuerte como el objeto mágico que posees. Sin él, ni siquiera tendrías una oportunidad contra nosotros —dijo Francis, convencido de que la capacidad de Jaime para aguantar sus golpes se debía principalmente a la espada mágica que empuñaba.
—He guardado mi arma. Ahora, permíteme demostrarte cómo te haré papilla sin depender de ella.
Jaime se lanzó hacia Francis.
Desencadenó el Poder de los Tres en su interior y usó camino del viento, amplificando su velocidad hasta el límite.
Podía recorrer cualquier distancia casi al instante, haciendo que pareciera que ni siquiera estaba en movimiento.
Francis no respondió con la suficiente rapidez. No previó que Jaime podría acortar en un instante la distancia de una docena de metros que los separaba.



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