—No te regalo estos minerales espirituales para que los refines. Sube. El regalo que quiero darte está justo delante —instó la bestia acorazada.
Jaime no tuvo más remedio que sentarse a lomos de la Bestia Acorazada. Siguió a la bestia mientras seguía cavando, adentrándose en la mina.
Pronto aminoró la marcha y empezó a jadear con fuerza. Además, a medida que avanzaba, el sonido de las colisiones metálicas se propagó por el aire.
Peor aún, para entonces sus dos patas se habían convertido en un amasijo de carne y sangre.
Al ver eso, Jaime se apresuró a hablar.
—¿Qué quiere regalarme exactamente, señor Bestia Acorazada? No creo que debamos seguir indagando. Su cuerpo parece estar al borde de sus límites.
—No pasa nada. Ya casi llegamos. Tengo que pagarte porque nos has salvado a todos.
La bestia acorazada se aferró, sin detenerse ni una sola vez a pesar del estado mutilado de sus dos patas delanteras.
Aquella visión conmovió a Jaime hasta la médula, pues había gente cuya conciencia y sentido de la gratitud distaban mucho de la bestia acorazada que tenía ante sus ojos.
También era la razón por la que Hefesto le había estado diciendo que lo más aterrador del Reino Etéreo era la naturaleza humana, ya que muchos humanos eran incluso peores que los monstruos y los demonios.
Las bestias acorazadas habían sufrido de una manera indecible durante más de diez años en la mina, pero nunca se les había pasado por la cabeza marcharse, aunque eso significara morir de hambre. Por el contrario, algunos podrían traicionar a su familia y a su secta por unos míseros beneficios.
Antes de que Jaime se diera cuenta, la Bestia Acorazada había excavado decenas de metros más. Sin previo aviso, una cegadora luz dorada iluminó toda la mina.

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