—¡Ya está! Mi Fuerza Definitiva por fin está completa —exclamó Jaime con emoción.
Mientras miraba el Arco Divino que tenía en la mano, no dudó en volver a tirar de la cuerda. En un instante, tres enormes flechas se manifestaron en el arco.
¡Swoosh! ¡Swoosh! ¡Swoosh!
Las flechas, una vez lanzadas, descendieron del cielo como artillería. La ardiente explosión que provocaron al entrar en contacto con el suelo destruyó al instante innumerables fantasmas.
¡Bum! ¡Bum! Bum...
Tras las estruendosas explosiones, muchos fantasmas perecieron. Jaime soltó una carcajada.
—¡Qué bien sienta! Este Arco Divino es increíble.
Sin que él lo supiera, el entorno empezó a cambiar después de que disparara esas flechas.
El cielo, que al principio era gris, se volvió más oscuro e intimidante, como si estuviera a punto de llegar una tormenta.
Cuando el cielo se oscureció por completo, los fantasmas dejaron de huir y se arrodillaron en el suelo. Sólo entonces Jaime se dio cuenta de que algo raro estaba ocurriendo.
—¿Qué está pasando?
Observó a su alrededor, confundido por lo que estaba ocurriendo. De repente, un rayo de luz se dirigió hacia él desde el horizonte.
Al verlo, levantó de inmediato el Arco Divino y se preparó para defenderse.
El rayo de luz se detuvo justo delante de Jaime. Entonces, apareció una figura humanoide. Jaime estaba exultante, pensando que por fin podría preguntarle a esa persona qué clase de lugar era aquel.
Sin embargo, en cuanto reconoció de quién se trataba, se quedó atónito. El recién llegado tuvo una reacción similar.
—¿Por qué tú? —pronunciaron ambos al unísono.
La figura ante Jaime no era otra que Hadad, a quien Jaime había rescatado.
Asombrado, Hadad preguntó:

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