Willow parecía ansiosa, pero su boca seguía desafiante.
—Tu familia no es más que un puñado de advenedizos ostentosos. Los Bennett no les tenemos miedo.
La sonrisa de Lauren se volvió más fría y su voz más aguda.
—Supongo que aún no sabes mi apellido. Es Mavis, como «la familia Mavis», una de las cuatro familias más importantes de Buenavista.
Elliot y Willow quedaron atónitos, mirándola fijamente con asombro.
A Lauren no le interesaba seguir discutiendo con ellos. Debía encontrar a su madre, pues si regresaba con agua y no la veía, se angustiaría mucho.
Justo cuando se disponía a irse, unos pasos resonaron en la escalera.
Los pasos se hicieron más cercanos y se detuvieron a su lado.
Lauren volteó y sus ojos se encontraron con los de Félix, cuyos oscuros ojos brillaban tan claros y definidos como las estrellas. Él tomó su mano con suavidad y la sostuvo.
Ella sintió una ligera incomodidad.
—Félix… ¿has escuchado todo lo que hemos dicho?
Félix asintió suavemente.
—Dejar que se vayan así es demasiado fácil. Intentaron tenderte una trampa. Deben pagar por ello.
La tomó de la mano y, con serenidad, la guio de regreso escaleras arriba.
Elliot y Willow alzaron la vista, sus piernas temblaban bajo su mirada helada e impasible.
Félix, a pesar de sus diez años, emanaba una presión asfixiante; su mirada poseía la frialdad de alguien capaz de todo.
Acompañado por Lauren, ascendió los escalones hasta encarar a Elliot y Willow. Fue entonces cuando habló.
—Tengo diez años. Aún no tengo la edad legal para ser responsable penalmente.
Las pupilas de Elliot se encogieron.

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