—¿Quieres casarte conmigo?
En su vida anterior, se había quedado sorda, había perdido un riñón y cojeaba. Aun así, Félix nunca la había mirado más que con amabilidad. Su abuela tampoco la había tratado nunca de forma diferente, incluso intentó emparejarlos a los dos. Lauren lo había sentido. Ese afecto silencioso y tácito que Félix sentía por ella, enterrado bajo su exterior reservado.
Pero ahora, todo era diferente. Tenía una segunda oportunidad, estaba sana, completa. Y esta vez, no tenía miedo. Podía seguir a su corazón sin miedo, aunque solo fuera un juego. Félix se quedó helado. No esperaba que Lauren hiciera algo así. Sus pálidas mejillas se sonrojaron, incluso las puntas de sus orejas ardían. Se quedó mirándola, estupefacto. Sus labios se entreabrieron como si quisiera decir algo, pero no le salió ninguna palabra.
Víctor miraba de reojo, sintiendo que su corazón acababa de romperse en pedacitos. Lauren miró a Félix desde su posición arrodillada, con la cara inclinada para que le diera el sol y los ojos llenos de esperanza. Era como si un rayo de sol le hubiera atravesado el pecho y se hubiera instalado en su casa. El tiempo parecía haberse detenido.
Flynn y Jim, que hace unos instantes discutían sobre jugar a las casitas, se quedaron clavados en el sitio, con la boca abierta de incredulidad. Félix volvió en sí, miró a Lauren a los ojos, puros, sinceros, llenos de emoción, y algo cambió en su interior.
—Yo… Yo sí —susurró.
A Lauren se le iluminaron los ojos, la sonrisa que ella le dedicó en ese momento fue más brillante que cualquier otra que él hubiera visto jamás. No solo era feliz, se sintió libre. Era el tipo de alegría que llega después de toda una vida de dolor. Una sonrisa que eclipsaba al mismo sol.
Extendió hacia él su mano suave. Félix, aún sonrojado, sujetó su mano. Tiró de ella para ponerla en pie. A los cinco años, Lauren solo le llegaba al pecho. Inclinó la cabeza hacia atrás para mirarlo. Desde ese ángulo, su Félix parecía tan perfecto como en sus recuerdos; guapo, de rasgos afilados y empezando a convertirse en el hombre que algún día llegaría a ser.
—Félix, a partir de hoy, soy tu prometida —dijo con dulzura.
Su voz era suave y dulce como el algodón de azúcar en primavera. El tipo de voz que te cala hasta los huesos. Félix se puso más rojo, se sintió como si fuera a arder en el acto.
Desde que murió su madre, nadie lo había abrazado así. Nadie le había hecho sentir tan cálido. Su propio padre dijo que era frío y retorcido, un bicho raro. Pero esta chica, esta pequeña y frágil chica, no le tenía miedo. Le gustaba, quería casarse con él. Y por alguna razón, no odiaba la idea. De hecho, cuando ella dijo eso, algo dentro de él respondió.

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