Ella había elegido el ático. Elliot lo había calificado de vergonzoso. Al final, la metieron en el almacén, sin ventanas, húmedo y oscuro.
Lauren echó un vistazo a la acogedora y luminosa habitación de princesa, decorada con cariño solo para ella, y se le saltaron las lágrimas. Shirley se asustó un poco.
—Lauren, cariño, ¿qué pasa? ¿No te gusta la habitación? No pasa nada, podemos cambiarla. Seguiré redecorando hasta que te encante.
Lauren negó con la cabeza.
—No, me encanta. Nunca… Nunca había tenido una habitación tan bonita. —De repente echó los brazos al cuello de Shirley—. Gracias, mami.
Su cuerpecito temblaba mientras se aferraba con fuerza a ella. Lágrimas silenciosas corrían por sus mejillas, empapando el hombro de Shirley. Los ojos de Shirley se empañaron. Acarició la espalda de Lauren, con la voz llena de emoción.
—No tienes que darme las gracias. Esta es tu casa ahora. Lo que quieras, te lo daré.
Lauren le plantó un beso en la mejilla.
—Eres la mejor, mami.
Ese beso derritió el corazón de Shirley. Sabía que adoptar a Lauren había sido la mejor decisión de su vida.
«Mírala, tan dulce, tan cariñosa. ¡Me besó! Oh, que cielo era ser besado por un pequeño y suave manojo de ternura como este. No como Víctor, ese rígido bloque de hielo que nunca sonríe y nunca abraza, nunca actúa lindo. ¡Cero encanto!».
Abrumada por la alegría, Shirley abrazó a Lauren con más fuerza, la salpicó de besos y hundió la nariz en el suave cabello de Lauren, aspirando su dulce aroma de bebé como si fuera la cosa más adictiva del mundo. Timely se quedó a un lado, observando la escena con una mezcla de orgullo y envidia. Tosió de forma dramática y se agachó frente a Lauren, con los ojos brillantes de expectación.
—Lauren, elegí esta habitación para ti. Supervisé en persona toda la renovación.

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