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El camino de venganza de la heredera rota romance Capítulo 322

Cuando se calmó un poco, Kate le preguntó:

—Cariño, ¿cómo te llamas?

La niña se iluminó con una brillante sonrisa y gorjeó:

—¡Me llamo Niña Asquerosa!

En cuanto lo dijo, el aire de la sala se volvió pesado. El rostro de todos se ensombreció al instante. Un destello de ira pasó por los ojos de Kate. Apretó la mandíbula y cerró los puños sin darse cuenta. Cuando miró la carita inocente de la niña, contuvo la furia que le hervía en el pecho. Con voz suave, dijo:

—Cariño, no es un nombre muy bonito. No lo usemos más, ¿vale? Te pondré un nombre nuevo. ¿Te gustaría?

—¡Sí, sí! —La chica aplaudió con entusiasmo.

Kate volteó hacia Félix con una mirada interrogante. Félix se detuvo un momento, con la sonrisa de Lauren en su mente. Asintió con firmeza.

—Nancy.

Ese nombre contenía toda su nostalgia por Lauren y su esperanza de que su hija recordara siempre a su madre. Kate volvió a mirar a la niña que tenía en brazos y le dijo con suavidad:

—A partir de ahora, te llamarás Nancy, ¿vale?

La chica asintió con fuerza y sus ojos se curvaron en una media luna.

—¡Vale! Me gusta el nombre Nancy. Suena mucho mejor que el anterior.

Sonreía de pura alegría, mostrando sus diminutos e irregulares dientes de leche. Todos a su alrededor sonreían también, pero bajo las sonrisas había una dolorosa tristeza.

En los días siguientes, la Residencia Brooker parecía haber vuelto a la vida. La llegada de Nancy aportó una energía fresca y vibrante de la que ninguno se había dado cuenta. Todos los días, la anciana jugaba con Nancy y le enseñaba a leer y escribir. Anna le preparaba todo tipo de delicias. Los favoritos de Nancy eran los pastelitos que preparaba Anna, que engullía hasta que se le salía la barriguita.

Félix regresó al trabajo con nuevos propósitos. Todas las noches, sin falta, corría a casa en cuanto salía para estar con Nancy. Le contaba cuentos antes de dormir, la llevaba a pasear por el jardín. Día tras día, la veía más alegre, más viva. Su piel se iluminaba, engordaba un poco y parecía mucho más sana que antes.

Dos años pasaron volando, Nancy tenía ahora cuatro años, la edad justa para empezar el preescolar. Félix la dejaba y la recogía todos los días, lloviera o hiciera sol. Esa tarde, los niños salían del colegio. Los padres hacían cola y sonreían mientras tomaban a sus hijos uno a uno. Pronto todos se habían ido a casa, excepto Nancy.

Permaneció en silencio junto a su profesora, sin llorar ni alborotarse. La joven profesora se agachó y preguntó con suavidad:

—Nancy, ¿tienes las piernas cansadas de estar de pie? ¿Quieres que te cargue?

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