Ella miró a Félix con ferocidad, sus ojos parecían gritar: «Si no puedes hablar bien, no abras la boca y ahórrate la vergüenza». Sin embargo, Félix parecía ajeno a ello, su expresión tranquila, su tono indiferente mientras continuaba:
—Te estoy castigando para que hagas el bordado de nuevo; si no terminas, no te irás de la Residencia Brooker.
Lauren estaba estupefacta, mirando a Félix con los ojos empañados por las lágrimas. Esa mirada calentó un poco a Félix; se aflojó la corbata de estampado oscuro, su nuez de Adán rodando bajo la seda negra en una curva peligrosamente seductora. Kate se dio cuenta, su corazón estalló de alegría.
«Ese pequeño bribón por fin se puso listo, sabiendo cómo mantener a Laurie aquí con este astuto truco». —Pensó, sin desperdiciar sus esfuerzos.
Aunque el razonamiento era inverosímil, Félix nunca era de los que razonaban. Se dirigió a Lauren:
—¿Qué le parece, Señorita Lauren?
Este castigo no era eso para Lauren. En la Residencia Brooker, estaba bien alimentada, bien atendida, con un dormitorio grande y bien iluminado y su propia sala de bordado. Nunca la molestaban mientras trabajaba y todos en la casa la respetaban. Era la vida con la que siempre había soñado.
—Está bien —respondió con suavidad.
Con la voz un poco ronca y un toque de deleite apenas perceptible. Los labios de Félix se curvaron un poco y levantó una ceja, revelando su alegría interior.
«La chica es tan crédula como siempre».
Entrecerró los ojos hacia Lauren, devorándola con la mirada como si quisiera consumirla por completo, mientras Kate observaba, chasqueando la lengua por dentro. Nadie conocía mejor que ella el tipo de hombre que era su nieto. Frente a Félix, Lauren era tan inocente como un cordero, susceptible de ser aprovechada por completo, pero pensaba en Félix como un hombre de buen corazón.
Después de intercambiar algunos cumplidos, Félix fue llevado por un grupo de hombres trajeados para discutir algunos asuntos comerciales. Kate miró a Lauren con cariño:
—Laurie, debes tener hambre después de un día tan largo. Ve a comer algo; habla con quien quieras, ignora a los que no. Solo sigue tu corazón. Y nada de alcohol
Añadió con un tono cálido y lleno de afecto, como si estuviera recordándoselo a su nieta más querida. Lauren asintió obediente, agarró un jugo y caminó hacia el balcón.
Ya había caído la noche; el cielo oscuro era como una vasta sábana de seda negra sobre sus cabezas, salpicada de tenues estrellas. La brisa nocturna, que traía un toque de frescor, rozó su cabello. Permaneció ahí en silencio, como si se fundiera con la tranquila noche, su cansancio y preocupaciones se disipaban de manera gradual.

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