Vanessa se quedó inmóvil, sintiendo cómo se le aceleraba el pulso. Cuando Rafael se inclinó para besarla, su cuerpo reaccionó con un ligero temblor. Al notar esa respuesta, él se detuvo a medio camino y la observó.
—¿Qué pasa? ¿Me tienes miedo?
No sabía qué responder. Él usó su dedo para darle un pequeño toque en la punta de la nariz y se rio.
—Solo estoy jugando, no te lo tomes tan en serio.
Vanessa sintió que el peso de aquel hombre desaparecía. Rafael se levantó y caminó hacia el baño. Al verlo alejarse, ella por fin pudo soltar el aire que estaba conteniendo y se llevó una mano a la frente; tenía la cara ardiendo. Por un momento pensó que iba a pasar algo más.
“No es que yo sea una monja, pero es el hermano mayor de Alexis. Rafael siempre ha sido alguien muy imponente conmigo; aunque no me lleva tantos años, se comporta como un viejo amargado. Es demasiado extraño estar así con él. Sobre todo por lo que pasó hace tres años... Qué vergüenza”.
Vanessa sacudió la cabeza para alejar esos recuerdos. Una vez que él terminó de bañarse, ella se resignó a la idea de que compartirían la misma habitación y entró a bañarse también. Entre el baño, sus cremas y la loción corporal, se tardó casi una hora y media. Pensó que, para ese entonces, él ya estaría dormido. Sin embargo, en cuanto abrió la puerta, escuchó su voz burlona.
—Pensé que ya te habías quedado a vivir ahí adentro.
Como siempre, no podía evitar sus comentarios ácidos. Vanessa ya estaba acostumbrada a ese tono, así que caminó hasta los pies de la cama y preguntó con cautela:
—¿En dónde voy a dormir?
Rafael arqueó una ceja, mostrando su atractivo perfil.
—Se supone que nuestra acta de matrimonio es totalmente legal, ¿no?
—Pues sí —respondió ella, un poco confundida.
—Entonces, ¿en qué mundo has visto que unos recién casados duerman en habitaciones separadas?
Vanessa se quedó callada; no tenía cómo rebatir eso. Al final, decidió dejar de poner excusas.
—Ven aquí.
Rafael palmeó el colchón a su lado. Esta vez, ella no opuso resistencia y se acercó. En cuanto se acostó, volvió a escuchar ese tono juguetón cerca de su oído.
—Listo, esposa. Ya te calenté el lugar.
Lo miró con curiosidad, sin poder aguantarse más las ganas de hablar.
—Tú siempre me has detestado. ¿Por qué me insististe tanto para que nos casáramos? Mejor dime de una vez qué es lo que buscas con esto.
Él se rio.
—¿De dónde sacas que te detesto?
—¿No es así? —Vanessa estaba convencida de ello.
—En serio que esa cabecita tuya... —Rafael arrastró las palabras con una sonrisa—. Definitivamente no eres muy brillante. Después de todo, estuviste enamorada de Alexis, eso lo explica todo.
—¿Qué quieres de...?
Antes de que pudiera terminar la frase, Rafael la rodeó con sus brazos y la pegó a su pecho. Su voz, ahora más ronca, retumbó sobre su cabeza.
—Ya duérmete. Ahora que somos esposos, tendremos mucho tiempo para conocernos bien.
Se notaba que estaba agotado; su respiración se volvió pesada. Vanessa, atrapada en su abrazo, sentía el calor de su cuerpo y el ritmo de sus latidos. Su propio corazón no dejaba de latir con fuerza.
***
Esa misma noche, en una zona privada de un club de lujo, Alexis no había dejado de revisar su celular en toda la velada, distraído.
Normalmente, cuando Vanessa se enojaba, no pasaba ni medio día antes de que ella lo buscara. Aunque ese día se había molestado mucho por lo del registro civil, él estaba seguro de que, como siempre, ella le mandaría un mensaje para pedirle perdón en menos de tres horas. Pero ya era de madrugada y no tenía ni mensajes, ni llamadas.
“Vaya que ahora sí se está haciendo la importante”, pensó él con fastidio.
—¿Estás esperando que te llame Vanessa? —Natalia, que estaba sentada a su lado, lo miró con fingida culpa—. Si quieres ve a buscarla, de seguro debe estar muy sentida conmigo. Todo es mi culpa, no debí regresar hoy; así no les habría arruinado sus planes ni ella se habría puesto tan enojada conmigo.

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