Scarlett Valenti.
Si buscara en el diccionario la definición de “mala fortuna” mi fotografía aparecería seguida del concepto de “desastre”.
Porque en eso se había convertido mi vida. Un cúmulo de malas decisiones, desastres incontrolables y la mala suerte que parecía acompañarme por toda la eternidad.
Después de meter la pata de manera monumental, había tenido que hacer hasta lo imposible para no terminar siendo intercambiada por gallinas.
Mi padre me había rechazado, desconociéndome como su hija. Y mi vida no había hecho más que ir en picada.
Y ahora, que por fin un poco de luz parecía comenzar a iluminar mi oscuridad, pasaba esto.
¡¿Cómo rayos me había topado con esa loca?! ¿Qué clase de karma estaba pagando?
Me sujete de los barrotes de mi celda. Recostando la cara entre estos. Aplastando mis mejillas contra el metal frío.
— Tengo derecho a una llamada — dije, por enésima vez, al policía que no hacía más que mirarme de mala manera mientras esa mujer, la loca que había comenzado a gritarme “¡Ladrona!” en medio de la calle, no dejaba de parlotear, acusándome de quien sabe qué.
— Cuando se trata de casos como estos, el derecho a una llamada no es una opción — respondió el policía, con una sonrisa burlona que solo provoco que hiciera un puchero.
— Por favor señor policía — rogué — necesito llamar a la guardería para informar que no llegare a tiempo a buscar a mi bebé. Por favor.
El policía me observó por unos segundos, parecía estarse ablandando ante mi suplica, hasta que la voz de la urraca interrumpió.
— ¿Bebé? ¿Qué bebé? ¡No le crea señor! ¡Esta mujer es una manipuladora! ¡No tiene ningún bebé! Solo lo dice para intentar escapar…
El semblante del policía se endureció. Yo sentí un nudo comenzando a cerrarme la garganta.
— ¡Si tengo una bebé, vieja bruja! ¡Metiche! ¡usted no sabe nada de mí!
La mujer se llevó la mano al pecho, ofendida.
— Levantare cargos por ofensas — acusó — ¡aparte de ladrona, irrespetuosa!
— ¡Yo no le he robado nada! — me defendí, sintiendo que las lágrimas comenzaban a acumularse en mis ojos.
— Pero a mi si — escuche de pronto una voz masculina, profunda y desgraciadamente familiar.
Mi corazón comenzó a latir desenfrenado, como si reconociera la presencia de este hombre antes de siquiera mirarlo.
Levante la mirada, impulsada por un instinto primitivo. Mis ojos se encontraron de inmediato con unos ojos grises que aún me atormentaban en sueños.
— Oh por Dios — las palabras escaparon de mis labios en un jadeo.
«No. No. No. ¿Qué hace él aquí?»
Mi agarre sobre los barrotes se aflojó. Sentí como las manos comenzaban a sudarme. Mi corazón parecía querer escapar de mi pecho. Trague grueso mientras Andruw mantenía sus ojos fijos sobre mí.
— ¡Lo ha reconocido! ¿ya recuerdas, pequeña ladrona? ¡Te metiste con el hombre equivocado! — seguía gritando la mujer, que ahora recordaba muy bien: Alicia.
Quería llorar. Sabía que si este hombre se había propuesto arruinarme la vida lo haría. Tenía el poder suficiente para lograrlo.
— No levantare cargos — informó Andruw, con esa arrogancia que solo a un hombre como él se le vería tan bien. Sus ojos grises dejaron de observarme para dirigirse hacia el policía — lo único que pido como compensación es que, haga horas comunitarias en mi clínica. Eso será suficiente para saldar su deuda.
— Pero señor Di´Marco… — intentó intervenir la urraca. Andruw no la dejo, haciéndola callar con un simple gesto de la mano.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Dr. Arrogante me convertí en la madre de su hijo