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Dominio Absoluto romance Capítulo 202

Enrique se mantuvo erguido aunque las rodillas le temblaban bajo la mirada de Álex. El orgullo no le permitía retroceder. Después de todo, si se rendía ahora, jamás se lo perdonaría.

—¿Matarme? ¿En serio, hermano? ¿Qué te crees, un sicario profesional o qué? —escupió Enrique jadeando—. Te voy a decir una cosa: si me tocas así nomás, tu cuerpo va a quedar como confeti.

Álex arqueó una ceja y le dio un golpe en la nuca con tal fuerza que Enrique se tambaló sintiendo como si un camión le atravesara el cráneo.

—¿Confeti, eh? —se burló Álex acercándose—. Casi te vuelo la cabeza, ¿y sabes qué? Aquí sigo. Mira, amenazaste a mi familia, así que ya se acabaron las reglas. ¿Estás listo para morir? Te puedo hacer el favor ahora mismo.

Enrique tropezó con el corazón latiendo fuerte. Podía sentir la muerte en el aire, y no era nada como su charla vacía. Cayó de rodillas y se tragó la vergüenza como un cuchillo en la garganta.

—P-por favor —tartamudeó bajando la cabeza hasta tocar el suelo—. Me equivoqué, ¿está bien? Me metí donde no debía. Raymond... haz lo que quieras con él. No voy a meterme.

Enrique hervía de rabia por dentro. La humillación le quemaba tanto que se le llenaron los ojos de lágrimas. Esto jamás se lo perdonaría. La venganza empezaba a consumir sus pensamientos, pero tendría que esperar. Su momento llegaría.

Álex lo miró con asco y aburrimiento.

—Está bien —murmuró—. Matarte aquí sería una pérdida de tiempo. No necesito que los Chicago Lords me vengan a molestar. Es asqueroso tener una manada de perros sucios frente a tu casa solo porque pateaste a uno de sus cachorros. Vamos, vuelve arrastrándote al hoyo de donde saliste.

Álex liberó su energía, y al instante seis guardaespaldas sintieron que el peso los abandonaba. Corrieron hacia Enrique y llevaron a su joven patrón golpeado hasta una limusina negra brillante.

Sin embargo, Enrique no olvidó abofetear a cada uno de los seis guardaespaldas gritando: —¡¿Cómo pueden ser tan inútiles?!

Luego se subió a la limusina que ya se movía.

Sacó la cabeza por la ventana con los ojos locos y el cuerpo temblando de rabia. —¡Estás muerto, ¿me oyes?! ¡Me aseguraré de eso!

Pero el auto se alejó muy rápido antes de que Álex pudiera responder. Simplemente se encogió de hombros y metió las manos en los bolsillos.

—Qué chiste —murmuró Álex—. He conocido niños de jardín con más valor.

Raymond se veía pálido y derrotado. Se daba cuenta de que había perdido su última oportunidad. Si hubiera sabido adónde lo llevaría esa búsqueda de dinero fácil, tal vez lo habría pensado dos veces.

En la Mansión Lancaster

Cuando Sofía regresó en taxi, su familia se alarmó.

—¡Sofía! —gritó Florence casi tropezando en la puerta—. ¡Ay, gracias a Dios que estás bien! ¡Estábamos muy preocupados!

—Hermana, ¿esos policías te trataron mal? ¿Te metieron en alguna celda sucia? —preguntó Jack con voz muy preocupada, aunque sonaba falsa.

La rodearon como si hubiera regresado de la muerte. En realidad, habían gastado mucho dinero tratando de sacarla de la cárcel, pero ni los sobornos ni las conexiones habían servido. Que Sofía apareciera libre por sus propios medios, trayendo incluso la tarjeta de crédito que habían cargado para rescatarla, les resultaba incomprensible.

—Mamá, Jack... estoy bien, de verdad. —Sofía sonrió aunque todavía estaba nerviosa por lo que había pasado.

El rostro de Florence se endureció. —Todo esto es culpa de Álex, ¿verdad? Ese tipo te mete en problemas cada vez que aparece.

Jack alzó las manos con disgusto exagerado. —No puedo creer que otra vez te metieras en sus problemas, hermana. Tienes que alejarte de él antes de que nos haga pagar por sus errores.

Sofía suspiró. —Se equivocan —dijo con voz cansada pero firme—. Lo acusaron de algo que no hizo. Nunca cometió ningún crimen.

Florence y Jack casi pusieron los ojos en blanco al mismo tiempo.

—Claro que sí —dijo Florence con dureza—. Si fuera tan inocente, ¿por qué la policía lo arrestó?

Jack sonrió con burla. —Exacto. No ves que arresten personas buenas así nomás para platicar.

Sofía no vio caso en discutir, pues sabía que no iban a cambiar de opinión.

—Si me preguntas —dijo Florence con voz dulce y falsa—, Charles es mejor para ti. Cuando se enteró de que estabas en problemas, corrió por todos lados para ayudarte. Eso sí es un hombre de verdad.

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