Un rayo de luna se reflejó en los ojos de Álex mientras se alzaba sobre Raymond, que temblaba entero de terror. Tenía un brazo colgando sin fuerza, destrozado por la fuerza imposible de Álex, mientras el sudor frío le resbalaba por las sienes y el dolor le atravesaba los huesos en oleadas que no paraban.
No lograba entenderlo. ¿Cómo había conseguido este joven dejarlo inválido tan rápido y sin esfuerzo? ¿Con un simple movimiento?
—¿Q-quién eres? —logró decir Raymond con la voz quebrada por el pánico.
Durante toda su vida había acumulado poder e influencia, pero ahí yacía, reducido a un despojo humano ante la fuerza de un joven. La mirada de Álex era glacial.
—Sabes quién soy, Raymond. No finjas.
Cada nervio del cuerpo de Raymond le gritaba de dolor mientras trataba de alejarse arrastrándose como un animal herido, respirando con dificultad.
—¡Y-yo no necesito la fórmula de las pastillas! ¡Solo déjame ir!
—Te di una oportunidad —dijo Álex con voz tranquila pero vacía—. La despreciaste. Ya no hay vuelta atrás.
Raymond abrió la boca para suplicar otra vez, pero la mano de Álex se movió en otro golpe devastador que sonó con un ¡CRAC! seco.
Raymond gritó cuando su otro hombro se hundió bajo esa fuerza terrible. Los huesos se partieron, el músculo se desgarró, y cayó sobre la grava con la vista nublada por el shock.
Álex lo miró desde arriba con tranquila repugnancia.
—Has hecho tanto mal que mereces algo peor. Pero te dejaré vivir, siempre que pagues por todo lo que les has robado a otros.
—H-haré lo que sea —murmuró Raymond con lágrimas en los ojos—. Por favor...
Álex chasqueó los dedos y desde las sombras apareció un hombre de Kingswell con ojos fríos y atentos.
—Llévalo —ordenó Álex—. Quítale hasta el último peso de sus cuentas, cada propiedad que tenga. Si se resiste, mátalo.
—Sí, señor.
El hombre asintió en seco y agarró a Raymond del cuello. Raymond gemía mientras lo arrastraban como si fuera basura, pero apenas habían dado dos pasos cuando una voz cortante atravesó el aire tenso:
—¡Alto ahí! ¿Qué diablos creen que hacen?
Enrique Duarte entró al patio a pasos largos, con seis guardaespaldas mujeres a los costados. Las sombras le marcaban el rostro y hacían más visible la rabia que le temblaba en la mandíbula. Había estado observando desde lejos, esperando que Raymond resolviera las cosas solo, pero ahora Raymond estaba acabado.
—No se lo pueden llevar así nomás —le dijo Enrique al hombre de Kingswell—. No sin mi permiso.
El hombre lo miró con desdén.
—Esto no es tu problema. Lárgate.
Siguió arrastrando a Raymond hacia las puertas, pero Enrique sonrió con burla. —Pues va a tener que ser así. Suéltenlo.

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