Punto de vista de Arwen
Mi mundo acababa de derrumbarse. Y lo peor era que todavía podía escuchar las palabras de Adrián destrozándome por dentro.
«No eres nada».
Las repetía mi mente una y otra vez. Como un castigo, como si fueran una maldición.
Apreté los ojos con fuerza mientras intentaba controlar el temblor de mis manos.
No quería llorar delante de Kael, pero era demasiado tarde para eso. Las lágrimas seguían cayendo de todas formas, silenciosas y completamente humillantes, sin importarles que yo les ordenara detenerse. Traicioneras hasta el final.
Mi pecho ardía como si alguien hubiera arrancado algo desde adentro.
¿Cómo pude ser tan estúpida?
Adrián me había dicho que era especial. Que yo era diferente. Que me amaba.
Mentiras. Todo había sido una mentira.
Y encima me comparó con Ylva.
Mi hermana perfecta. La loba pura, la hija favorita, la que heredó el pelaje plateado de nuestro padre y los ojos claros de nuestra madre y toda la gracia que yo nunca tuve.
Mientras yo… Bueno.
Yo era la decepción mestiza de la familia Holmes. La hija defectuosa que no era suficientemente loba para pertenecer al mundo de mi padre ni suficientemente humana para encajar en el de mi madre. Siempre demasiado de algo y no suficiente de otra cosa. Siempre en el borde de los dos mundos sin pertenecer del todo a ninguno..
—Deberías dejar de llorar.
La voz grave de Kael atravesó el silencio.
Giré lentamente hacia él.
—¿Siempre eres así de cruel?
Su expresión no cambió.
Seguía sentado frente a mí como un rey oscuro acostumbrado a controlar absolutamente todo.
—Las lágrimas no arreglan nada.
Quise odiarlo. En serio con todas mis fuerzas.
Pero una parte de mí sabía que tenía razón. Eso me molestó todavía más.
—¿Y qué se supone que haga? —pregunté quebrándome—. ¿Fingir que no me destruyó?
Kael inclinó apenas la cabeza. Sus ojos dorados brillaban bajo las luces de la ciudad.
—No. Haz que se arrepienta.
Mi respiración se detuvo.
Algo en la manera en que lo dijo me estremeció.
No sonó como un consejo. Sonó como una promesa peligrosa.
Me limpié las lágrimas rápidamente.
—Eso es fácil de decir para alguien como tú.
—¿Alguien como yo?
Solté una risa amarga.
—Rico, poderoso. Perfecto.
Él sonrió apenas.
Y esa pequeña sonrisa fue incluso más intimidante que su expresión fría.
—No soy perfecto, pequeña loba.
Otra vez ese apodo.
Mi corazón dio ese pequeño salto incómodo que había decidido ignorar desde el momento en que él usó ese apodo por primera vez.
—Deja de llamarme así.
—¿Por qué? —preguntó suavemente—. Te queda bien.
Desvié la mirada inmediatamente.
Porque había algo profundamente incorrecto en la forma en que ese hombre me observaba.
Como si pudiera ver debajo de mi piel. Como si mi alma le perteneciera.
La camioneta quedó en silencio algunos segundos.
Entonces Kael habló nuevamente.
—Quédate conmigo esta noche.
Lo miré confundida.
—¿Qué?
—Necesito una compañera para una reunión de manadas.
Parpadeé varias veces.
¿Manadas? ¿Había dicho manadas?
Kael pareció darse cuenta demasiado tarde. Su mandíbula se tensó.
—Quise decir… una reunión familiar.
Mentiroso.
No sabía por qué… Pero lo sentí. Ese hombre ocultaba algo enorme. Algo oscuro.
Algo sobrenatural.
—Te pagaré cien mil dólares —continuó—. Solo necesitas fingir ser mi pareja durante unas horas.
Cien mil dólares.
Mi mente dejó de funcionar por completo.
—¿Estás loco?
—Probablemente.
Lo dijo con tanta calma que no supe si hablaba en serio.
—¿Quién demonios eres tú?
Kael me observó unos segundos.
Y luego respondió:
—Kael Draven.
Mi cuerpo entero se congeló.
No. No podía ser.
Todo el mundo conocía ese nombre.
Kael Draven. El Alfa Supremo de Darkmoon. El hombre más poderoso de los territorios del norte. Empresario, millonario, depredador político.
Las revistas lo llamaban: “El Rey Salvaje.”
Las redes estaban llenas de rumores sobre él: peleas entre clanes, guerras de territorio, mujeres desapareciendo de su vida después de unas semanas.


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