Punto de vista de Kael
Arwen era un problema.
Uno enorme. Del tipo que no avisaba antes de explotar.
Lo comprendí en el instante en que volvió a tararear aquella melodía dentro de mi camioneta y mi lobo dejó de gruñir por primera vez en años. No se calmó. No se aplacó. Simplemente... paró.
Eso no debía pasar.
Nada relacionado con ella debía afectarme.
Y aun así…
Cada vez que hablaba, mi atención regresaba a ella sin que yo lo ordenara. Cada vez que sonreía, algo extraño y sin nombre se tensaba dentro de mi pecho, justo debajo del esternón. Cada vez que inhalaba su aroma; lluvia, algo floral, y debajo de todo eso algo salvaje que no cuadraba con el resto.
Mi bestia se despertaba.
Maldita sea.
Apoyé la cabeza contra el asiento mientras intentaba ignorarla. Necesitaba terminar con aquello rápido.
Llevarla al hotel. Conseguir la declaración. Salir de su vida antes de que mi lobo tomara una decisión que ninguno de los dos podría deshacer.
Porque Arwen tenía exactamente el tipo de energía que destruía a hombres como yo.
Demasiado emocional, impulsiva y demasiado viva.
Yo había aprendido de la peor manera que amar era una sentencia de muerte.
Selene me enseñó eso.
La antigua Luna de Shadowfang. Mi compañera destinada. La mujer que prometió lealtad eterna y luego abrió las puertas de la manada a nuestros enemigos mientras yo dormía… que traicionó nuestra manada y provocó una masacre.
Cuarenta y siete lobos muertos en una noche. Entre ellos, gente que me había visto crecer.
Desde entonces había hecho una promesa:
Ni una mujer. Ni una compañera. Ni siquiera el destino, que en nuestra especie se consideraba ley absoluta, me harían bajar la guardia, no volvería a amar a nadie.
Miré discretamente a Arwen.
Su vestido negro, arrugado y mojado por la lluvia, abrazaba sus curvas.
Sus dedos jugaban nerviosos con el bolso, apretando y soltando la correa como si necesitara tener algo sobre lo cual ejercer control.
Y aun después del accidente… Seguía intentando sonreír
Como si estuviera desesperada por convencer al mundo de que estaba bien.
Mi mandíbula se tensó.
Odiaba ese tipo de mujeres.
Las que daban todo y luego daban un poco más.
Las que amaban con una intensidad que no medían ni calculaban.
Las que terminaban destruidas por hombres que no merecían ni el barro de sus zapatos.
Porque inevitablemente acababan esperando cosas imposibles a cambio de todo ese amor: reciprocidad, lealtad, la idea anticuada de que el sacrificio era moneda válida.
Mentiras hermosas.
—Ya llegamos, Alfa —anunció Dorian desde adelante.
Alfa.
La palabra hizo que Arwen girara ligeramente la cabeza.
Maldición.
Dorian me lanzó una mirada rápida por el espejo retrovisor, comprendiendo de inmediato su error.
Pero Arwen parecía demasiado distraída para notarlo.
La camioneta se detuvo frente al Eboncrest Royal.
Uno de los hoteles más exclusivos del territorio Darkmoon.
Técnicamente me pertenecía.
Aunque casi nadie conocía el verdadero rostro del Alfa Supremo de las manadas del norte. Y prefería mantenerlo así.
Arwen salió primero con esa energía urgente de alguien que llega tarde.
La observé caminar rápidamente hacia la recepción mientras acomodaba su cabello húmedo.
Algo en ella parecía frágil esta noche.
Mi lobo reaccionó incómodo ante esa idea.
«Protege a la compañera».
Ignoré el impulso inmediatamente.
No era mi compañera. Y aunque lo fuera… Jamás la aceptaría. No volvería a cargar con ese peso.
Entramos al enorme vestíbulo iluminado por candelabros de cristal.
Humanos, lobos, híbridos. Todos mezclados.
El Eboncrest era territorio neutral. Aquí incluso manadas enemigas negociaban sin derramar sangre. Era la única ley que todos respetaban: el Eboncrest era tierra de nadie.
Manteniendo la cabeza baja, caminé detrás de Arwen mientras ella preguntaba algo en recepción.
Entonces mi teléfono vibró.
Gruñí al ver el nombre en pantalla.
Magnus Draven. Mi padre. El antiguo Rey Alfa.
Contesté inmediatamente.
—¿Qué quieres?
—Llegas tarde —respondió con voz áspera—. La reunión ya comenzó.
—Estoy ocupado.
—¿Con la hija del Alfa Silver Crest?
Miré a Arwen instintivamente.
—No.
—Entonces deja lo que sea que estés haciendo y trae una Luna digna esta noche.
La llamada terminó. Apreté la mandíbula con fuerza.
Siempre lo mismo. Herederos, linaje, alianzas políticas disfrazadas de tradición. Una Luna no era una compañera para él. Era una pieza en el tablero.
Levanté la mirada. Y fue entonces cuando noté algo extraño.
Arwen estaba completamente inmóvil. Mirando hacia el rincón más alejado del vestíbulo.
Seguí la dirección de su mirada, donde una pareja se besaba.
El hombre tenía las manos sobre la cintura de la mujer mientras ella reía contra sus labios.
Entonces Arwen susurró:


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Destinada al Alfa que Juró No Amar