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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 1158

Leandro notó la distracción de Tobías, negó con la cabeza con resignación y le preguntó:

—¿Qué pasa? ¿Tienes prisa?

Tobías no tenía ninguna intención de ocultarlo y respondió:

—Quiero subir a verla.

Leandro, mostrando una paciencia inusual, le dijo:

—Está en su propia casa, no va a huir. De nada sirve que estés mirando a cada rato.

Tobías apartó la mirada y asintió:

—Está bien, ya no miro.

A pesar de sus palabras, no podía evitar lanzar miradas furtivas hacia arriba.

Al verlo en ese estado, Leandro no pudo evitar soltar una carcajada.

Al escuchar la risa de Leandro, Tobías reaccionó, se enderezó en su asiento y se obligó a no mirar más la escalera. Entonces propuso:

—Leandro, ¿qué tal si jugamos una partida de ajedrez mientras tomamos esto?

Leandro lo miró fijamente. Al ver lo distraído y ansioso que estaba, decidió declinar:

—Mejor otro día. Hoy no estás concentrado.

Tobías se rascó la cabeza y se echó a reír un poco avergonzado. Luego preguntó con cautela:

—Dime la verdad, ¿se nota mucho que me muero de ganas por verla?

Leandro asintió sin dudar ni un segundo:

—Demasiado.

Al oírlo, Tobías soltó una risa seca.

De repente, la expresión de Leandro se volvió seria y le advirtió:

—Me parece perfecto que la trates bien, pero no la malcríes en exceso.

La actitud de Tobías también se tornó seria al escuchar eso:

—Leandro, ella es la única mujer para mí. Si no la consiento, me da miedo que algún día deje de quererme.

Ante semejante respuesta, Leandro se quedó sin palabras.

Tobías era uno de los hombres más poderosos y adinerados de todo Páramo Alto. Podía tener a la mujer que deseara a su lado.

Contó y contó hasta que repasó mentalmente casi todos los objetos de la mansión Soler, y justo entonces se escuchó un ruido proveniente del segundo piso.

Como si fuera un resorte, Tobías se puso de pie y se giró para mirar. Vio a Belén luciendo un vestido largo color champán. La tela abrazaba sus curvas a la perfección, resaltando su figura envidiable. Llevaba el cabello recogido elegantemente con unos mechones sueltos enmarcando su rostro. Unos pendientes largos adornaban sus orejas, y llevaba unos tacones a juego con el vestido.

Su maquillaje era sutil y exquisito. Tenía una tez luminosa, de porcelana, impecable en cada centímetro. Sus ojos brillaban como si tuvieran estrellas atrapadas en su interior; deslumbrantes y hermosos.

Apoyándose del brazo de Dolores, Belén bajó las escaleras con pasos llenos de gracia.

Tobías se quedó inmóvil, completamente pasmado.

Sentía cómo el corazón le retumbaba en el pecho, latiendo a toda velocidad.

Belén terminó de bajar y caminó directamente hacia él.

Incluso cuando ella ya estaba frente a él, Tobías no movió ni un músculo; solo sus ojos seguían fijos en ella, sin atreverse a parpadear.

Al ver que no reaccionaba, Belén le preguntó en voz baja:

—¿Por qué no dices nada?

Tobías, aún aturdido, volvió a la realidad y tartamudeó una respuesta torpe:

—Estás... hermosa. Absolutamente hermosa.

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