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Cuando te Fuiste, me Coroné romance Capítulo 9

Víctor se acercó rápidamente para revisarla. Al ver lo que su hija acababa de vomitar, frunció el ceño con preocupación y presionó el botón de emergencia.

Enseguida, los médicos se llevaron a Miranda para hacerle un lavado gástrico. La niña lloraba a gritos, sintiéndose tan mal que se escuchaba por todo el piso.

Después de batallar hasta la madrugada, Miranda finalmente se calmó y se quedó dormida en su cama, pálida y agotada.

El doctor llamó a Víctor a su consultorio y le habló con dureza:

—La niña ya tenía el estómago inflamado, ¿qué le dieron de comer? ¿Comida pesada, grasa y azúcar? ¡Esas cosas no se pueden comer en una etapa aguda! Si la hubieran traído un poco más tarde, se habría deshidratado por completo. ¿Qué clase de padres son ustedes?

Víctor miró hacia la cama donde yacía Miranda, con un nudo en el pecho.

Durante los siguientes días, Miranda solo podía tomar caldo claro.

Al ver la sopa tan simple y sin sabor, rompió a llorar.

—¡No quiero esto! ¡Quiero la sopa de mamá...!

Víctor apretó los labios y marcó el número de Florencia en su celular, pero después de intentarlo varias veces, nadie respondió.

Miranda seguía haciendo berrinche negándose a comer. Víctor le lanzó una mirada severa y fría, y la niña, que tenía la boca abierta lista para gritar, se quedó callada, encogió los hombros y tomó su plato con resignación.

Víctor apartó la vista, miró la pantalla negra de su teléfono y apretó los puños.

Miranda terminó su sopa a regañadientes, con el rostro arrugado a punto de llorar de nuevo.

No podía creer que su mamá la estuviera ignorando de verdad. Si ella siempre había sido la más preocupada.

Se limpió la nariz, tomó el reloj inteligente de la mesa de noche, buscó el número de su mamá y la llamó.

Tu... tu... tu...

Ese reloj, que su mamá siempre contestaba al primer timbre, esta vez siguió sonando sin respuesta.

Lo arrojó contra la cama con furia.

—¡No contesta mis llamadas! ¡Mi mamá es mala! ¡Estoy enojada! ¡Estoy muy enojada! ¡Incluso si viene a pedirme perdón, no la voy a perdonar!

Se cruzó de brazos y volteó la cara hacia un lado.

Pero a los pocos segundos, echó un vistazo de reojo a su reloj. No había ninguna llamada devuelta, ni mensajes, no había nada.

Sus ojos se llenaron de lágrimas otra vez; esta vez de rabia y frustración.

Justo cuando estaba hirviendo en coraje, Celeste entró a la habitación con una bolsa de fruta.

—Miranda, ¿qué pasa? ¿Quién hizo enojar a nuestra princesita?

—No como mi mamá, ella no sabe hacer nada más que cocinar.

Hizo una pausa, bajando la voz con una especie de extraña vergüenza:

—Hasta me da pena decirle a mis amigos a qué se dedica mi mamá... Las mamás de los demás son doctoras, maestras o grandes empresarias. Y mi mamá solo se la pasa encerrada en la casa, sin hacer nada útil.

—Ojalá Mamá Celeste fuera mi verdadera madre.

Miranda se aferró al brazo de Celeste y la miró con una sonrisa dulce y angelical.

—Seguro todos mis compañeros de la escuela me tendrían muchísima envidia...

Mientras tanto, en el departamento de Florencia.

Desde que regresó del hospital, Florencia apagó su celular y se dedicó exclusivamente a dibujar.

Pasaron los días, y por fin terminó la obra que quería.

Encendió su teléfono, revisó las llamadas perdidas sin darle importancia y sintió que su corazón estaba cada vez más en paz.

Aquellas personas y situaciones de las que alguna vez creyó que jamás podría desprenderse, lentamente se iban disolviendo mientras ella se sumergía en sus propios proyectos y sueños.

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