A Sierra no le importaba dónde estuviera registrada su residencia familiar, pero algo en esta situación le parecía extraño.
Esa mañana, durante el desayuno, Franklin habló:
—Prepárate. Ya llevas un tiempo de vuelta; es hora de presentarte apropiadamente. Tu cumpleaños es la próxima semana. Organizaremos un banquete.
Si restaurar su estatus en la familia ya había sido inesperado, entonces este anuncio era absolutamente extraño. Cuando regresó por primera vez a la familia Xander años atrás, no hubo ninguna presentación formal.
Durante años, la celebración del cumpleaños de Denise había sido un evento social destacado, mientras que Sierra permanecía invisible en las sombras. Para el mundo exterior, su papel se limitaba al de una pupila caritativa, una presencia tolerada pero intrascendente. Denise, en cambio, brillaba como la auténtica heredera Xander.
Ahora, tras su liberación de tres años de cautiverio, Franklin proponía un cambio radical: reconocerla públicamente con un banquete ostentoso. La propuesta desprendía un olor a manipulación que Sierra no podía ignorar.
Con deliberada lentitud, dejó el tenedor sobre la mesa y dirigió su mirada hacia Denise, cuyo rostro había perdido toda expresión de calidez.
—¿Presentarme? —su voz cortó el aire como una navaja—. ¿Y cómo piensas explicar la posición de la Srta. Denise? ¿Quién será la verdadera heredera Xander: ella o yo? Cuando los invitados pregunten, ¿cuál será tu respuesta?
Un silencio opresivo descendió sobre el comedor. Los rostros de los Xander se tiñeron de palidez. Sean, incapaz de contener su incomodidad, intervino:
—Ambas son parte de esta familia. ¿Dónde está el conflicto?
—¡Oh, ningún conflicto! —la sonrisa de Sierra era puro veneno disfrazado de azúcar.
Franklin zanjó la discusión con autoridad forzada:
—El pasado debe quedar atrás. En el banquete, declararé públicamente tu identidad. A partir de ese momento, tanto tú como Denise serán reconocidas como mis hijas biológicas.
Sierra soltó una risa burlona; no dijo nada más. Pero sus ojos estaban llenos de escepticismo. Sabía que no obtendría respuestas reales de Franklin. Así que, en su lugar, dirigió su mirada hacia Bradley.
Más tarde esa mañana, antes de que Bradley se fuera a trabajar, Sierra lo detuvo deliberadamente. Ya no mostraba su habitual actitud cortante; esta vez parecía dudosa, incluso un poco tímida.
—Bradley, ¿es realmente cierto lo que dijo padre?
Al escucharla llamarlo «Bradley» nuevamente, él se quedó paralizado por un momento. No la había escuchado decir eso en años. Antes, cuando solía dirigirse a él así, solo había sentido molestia. Pero ahora lo extrañaba.
Su expresión se suavizó, su tono volviéndose gentil.
—Sabes cómo es padre. Una vez que decide algo, no cambia de opinión. Si lo dijo, debe ser verdad.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cuando la Llama del Amor Se Apaga (Sierra)