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Cuando la Llama del Amor Se Apaga (Sierra) romance Capítulo 215

Sierra cerró los ojos. Necesitaba un momento. Luego finalmente habló.

—Yo... quiero verla.

Su abuela yacía inmóvil en la cama del hospital, como si simplemente se hubiera quedado dormida.

—Abuela...

La voz de Sierra era suave. No hubo respuesta. Se sentó junto a la cama y tomó la mano de la abuela, sosteniéndola con fuerza. Siguió hablando, contándole todo tipo de cosas. Pero la abuela nunca más le respondería.

No supo cuándo empezaron a caer las lágrimas. No quería creerlo. Pero cuando el personal del hospital vino a llevarse el cuerpo, no tuvo otra opción. La persona que más la había amado se había ido. Su mente quedó completamente en blanco.

El Dr. Zahn le había dicho que este día llegaría. Pero no importaba cuánto se hubiera preparado, seguía sin ser suficiente. No podía procesar nada. Dickson se hizo cargo, ocupándose de los trámites. Sierra se quedó inmóvil, como una marioneta con las cuerdas cortadas.

—¿Señorita Sierra?

Dickson llamó su nombre en voz baja. No hubo respuesta. Su pecho se tensó. Después de dudar por un segundo, sacó su teléfono y llamó a Jonathan.

Sonó durante mucho tiempo antes de que alguien contestara. No hubo saludo. Solo el sonido del viento. Dickson no le dio importancia.

—¿Señor Jonathan? ¿Dónde está? ¿Puede regresar ahora? La abuela... se ha ido. La señorita Sierra está realmente mal. Estoy preocupado por ella.

Durante unos segundos, solo hubo silencio. Luego la voz de Jonathan sonó, baja y afilada.

—Estaré allí pronto.

Una fracción de segundo después, un fuerte estallido atravesó el altavoz. El corazón de Dickson se saltó un latido. Sonaba como... ¿un disparo? Debió haberlo imaginado. Pero antes de que pudiera preguntar, la llamada ya había terminado.

Jonathan examinó el roce sangriento en su brazo con mirada calculadora. Sus ojos se oscurecieron peligrosamente. Ese disparo había estado demasiado cerca para su gusto. La única razón por la que esos hombres habían tenido siquiera la oportunidad de disparar fue porque, por un instante, se había permitido distraerse.

Cuatro hombres. Cuatro luchadores profesionalmente entrenados. No eran los mismos aficionados de la última vez; estos sabían lo que hacían. Inicialmente, Jonathan había planeado jugar con ellos un poco más, tomarlos como un ejercicio para mantenerse en forma... pero ya no. La abuela había fallecido. Sierra lo necesitaba. No podía desperdiciar su tiempo en esto.

Sus movimientos se transformaron, volviéndose precisos y letales, cada golpe calculado para matar. No había vacilación, solo eficiencia implacable. En cuestión de minutos, los cuatro hombres yacían inertes sobre el suelo. Con meticulosa frialdad, se limpió la sangre de las manos y abandonó el lugar sin mirar atrás. El hospital lo esperaba, y con él, Sierra.

Mientras tanto, Kason recibía la noticia con incredulidad absoluta.

—¿Qué demonios quieres decir con que los derribó a todos? —espetó, su voz temblando de rabia e incomprensión.

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