—Acepto —dijo Yulia, tomando su decisión.
Jonathan se marchó dos días antes de la víspera de Año Nuevo. Lo había retrasado lo suficiente—cualquier retraso adicional sería difícil de justificar.
—Si algo sucede, llámame.
—Ya has dicho eso una docena de veces —Sierra suspiró, sintiéndose tanto divertida como impotente.
Una vez que Jonathan se fue, se sentó por un momento antes de salir a hacer diligencias. La abuela de Sierra parecía estar de buen ánimo, así que Sierra la invitó a ella y a Dickson a acompañarla al supermercado.
La abuela de Sierra amaba los lugares animados, y este sería su último Año Nuevo. Si era posible, Sierra quería que cada momento estuviera lleno de alegría.
El supermercado rebosaba de actividad navideña, un hervidero de personas cargando cestas y carritos repletos. Sierra empujaba con cariño la silla de ruedas de su abuela mientras Dickson caminaba a su lado, los tres formando una pequeña isla de alegría.
Para Evan, aquella escena familiar era como contemplar un universo al que ya no pertenecía. Se encogió instintivamente tras un expositor de especias, el corazón martilleándole en el pecho. No soportaría que Sierra lo viera así, convertido en una sombra de quien había sido.
Hubo un tiempo en que amas de llaves, asistentes personales y mayordomos se encargaban de esas tareas mundanas. La abundancia era el aire que respiraban, tan natural e imperceptible como el oxígeno.
Ahora, el Grupo Xander se había desvanecido como un espejismo en el desierto. No solo habían perdido la empresa; el imperio familiar se había desmoronado bajo sus pies. Cada activo, cada propiedad, confiscados sin clemencia.
Las mansiones y la colección de automóviles exóticos de Sean habían sido subastados al mejor postor. Tras ser relegado a la lista negra en todas las plataformas digitales, los contratos de patrocinio se evaporaron de la noche a la mañana, dejando solo deudas astronómicas en su lugar.
Ahora sobrevivían en un modesto apartamento de una habitación—el mismo que Evan había recibido como reconocimiento académico durante sus años universitarios. Lo que antes representaba un logro personal se había convertido en su último refugio, una cruel ironía del destino.
La vida se había transformado en una lucha diaria. Bradley y su padre languidecían tras los barrotes de una prisión federal. Durante su última visita, Evan apenas pudo reconocerlos. En apenas cuatro semanas, el sufrimiento había tallado décadas en sus rostros. El de Bradley, desfigurado por moretones y heridas mal curadas, contaba una historia silenciosa de violencia carcelaria que Evan no se atrevía a imaginar.
Evan había estado furioso, exigiendo saber qué había pasado. Pero Bradley se negó a hablar. Ninguno de los dos tenía la arrogancia que una vez llevaron. Estaban vacíos, quebrados.
Evan ni siquiera recordaba cómo había logrado salir de la prisión ese día. Quería contarles sobre la situación en casa, pero ¿qué sentido tenía? Durante años, Bradley y su padre habían sido los pilares de la familia Xander. Ahora, habían colapsado.

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