Sierra se disculpó instintivamente, pero al ver a quién había chocado, de inmediato se puso alerta.
Shane la miró con una expresión complacida.
—¿Qué te pasa? ¡Pareces a punto de llorar! —dijo deteniéndose en sus ojos ligeramente enrojecidos—. ¡O quizás ya has llorado!
En ese momento, Shane era la última persona que Sierra quería ver. Intentó irse, pero él le agarró el brazo.
—¿Huyes? —le dijo.
Sierra estaba a punto de responder cuando alguien se le adelantó:
—¡Suéltala!
Jonathan avanzó a zancadas y colocó su mano firmemente sobre la muñeca de Shane. Aplicó presión, y Shane frunció ligeramente el ceño, devolviendo una mirada fría.
Los dos hombres se enfrentaron con miradas penetrantes, ninguno dispuesto a mostrar debilidad. Al comprobar que Shane mantenía su agarre, Jonathan intensificó la presión hasta que el crujido inconfundible de huesos fracturándose resonó en el aire, llegando con claridad a los oídos de Sierra.
Finalmente, Shane liberó su mano. Sierra observó horrorizada cómo su extremidad izquierda pendía en un ángulo antinatural, evidentemente destrozada.
Jonathan había pulverizado los huesos de la mano de Shane, un dolor que habría resultado insoportable para cualquier persona normal.
Sin embargo, Shane, con aquella perturbadora esencia que lo caracterizaba, no emitió ni un solo gemido. Por el contrario, sus ojos centellearon con un placer casi febril.
Mantuvo su mirada clavada en Jonathan, con un brillo inquietante en las pupilas. Sierra reconoció instantáneamente aquel destello depredador: el demente había encontrado un nuevo desafío.
¡Y ahora Jonathan se había convertido en su obsesión!
Sierra, que conocía demasiado bien los retorcidos métodos de Shane, sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. Instintivamente se interpuso entre ambos, solo para ser apartada con firmeza por el propio Jonathan.
Contemplando esta interacción, Shane soltó una carcajada cargada de malicia:
—¡Qué devoción tan conmovedora! No interrumpiré más su momento; ¡nos veremos muy pronto!
Con una última mirada cargada de promesas siniestras, Shane giró sobre sus talones y se alejó con paso calculado.
Jonathan siguió con ojos gélidos la silueta que se desvanecía en la distancia. Cuando Shane desapareció de su vista, se volvió hacia Sierra, su expresión suavizándose visiblemente.
—¿Te encuentras bien? —preguntó, con un matiz de preocupación tiñendo su voz habitualmente controlada.
La cara de Sierra estaba pálida.
—Jonathan, ¡tenemos que irnos! —dijo con urgencia.
Jonathan pensó que estaba asustada por Shane y trató de tranquilizarla:
—Tranquila, ya se fue.

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