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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 900

Renata, fuera de sí y con el dolor reflejado en la voz, reclamó:

—Tatiana, ¿cómo puedes ser tan mala? Nosotros te recibimos en esta casa por compasión, ¿y ahora quieres hacerle daño a mi nieto?

—Se lo juro, señora, yo no hice nada. Por favor, créame.

Tatiana se acercó despacio, las lágrimas resbalando por sus mejillas.

Pero Renata no se dejó conmover. Hizo un gesto con la mano, tajante:

—No me digas señora. No vengas aquí a fingir cercanía, porque no te la compro.

En ese instante, Tatiana soltó un grito ahogado y se desplomó en el piso, con el rostro torcido por el dolor.

—¡Mi panza, me duele la panza...!

El sudor caía en pequeñas gotas por su frente mientras abría la boca para tomar aire a grandes bocanadas. El poco color que le quedaba en la cara desapareció en un segundo.

Renata se quedó sin palabras.

Lisandro también.

Por dentro, Lisandro pensó: “Y yo que creía que actuaba bien. Pero esta mujer... ni yo me la puedo con ella. Me falta camino.”

Renata miró su propia mano, llena de confusión.

¿A poco sí le había hecho algo? Si solo había movido la mano y ya, ¿por qué Tatiana estaba tirada en el suelo tan dramática?

Tatiana, sin importarle las miradas, seguía sujetándose el vientre y respirando con dificultad.

Renata comenzó a ponerse nerviosa.

A fin de cuentas, Tatiana llevaba en el vientre a un descendiente de la familia Rivas. Mientras el bebé no naciera, no podía tomar decisiones a la ligera.

Justo cuando Renata estaba por pedir que llamaran una ambulancia, Lisandro le sujetó la mano y le hizo una seña para que se detuviera.

—Abuelita, no te pongas así. La verdad, ni siquiera sabemos si el bebé que espera la señorita Tatiana es hijo de mi papá.

En cuanto Tatiana escuchó eso, apretó los dedos con rabia.

Renata se apresuró a responder, agitada:

—No sé, hijo, te juro que no entiendo nada. Yo creo que esa mujer está fingiendo. Siento que últimamente la has tratado demasiado bien y por eso ya se siente con derecho a hacer lo que quiera.

Fabián no dijo nada. Solo le lanzó a Renata una mirada tan dura que la hizo encogerse como si fuera un pollito asustado.

Aunque fuera su hijo, cuando Fabián la miraba con esos ojos tan oscuros, hasta ella sentía escalofríos.

Y más ahora, con la tensión que ya traía encima.

En ese momento, Dafne se soltó de los brazos de Vanessa y corrió hasta Lisandro. Le tomó la mano y preguntó:

—Hermano, ¿qué pasó? ¿Por qué todos se ven tan tensos?

Lisandro, escogiendo bien sus palabras, le contó lo que había ocurrido. Y para rematar, agregó:

—Yo creo que la abuelita no quiso hacerle daño. Solo me estaba cuidando, porque la señorita Tatiana se acercó con una cara que asustaba. Yo sí me saqué de onda.

Mientras decía esto, Lisandro, que era un poco más alto que Dafne, se escondió detrás de ella como si buscara protección.

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