—¡Entonces ven y pruébalo!
Lisandro alzó la cabeza, sin mostrar ni una gota de miedo ante Tatiana.
Tatiana lo miró extrañada. ¿Y a este niño qué le pasó hoy? ¿Desayunó dinamita o qué?
Parecía que él mismo estaba buscando que lo regañaran. ¿No sería que estaba tramando algo raro?
Ese pensamiento le sembró la duda en el corazón.
Pero Lisandro la siguió provocando:
—¿Qué pasa? ¿Ahora también te asusta enfrentarte a un niño?
—¡No te metas! Esto no es asunto tuyo —le soltó Tatiana, con voz cortante.
Aun así, Lisandro se acercó, acortando la distancia entre ambos:
—Lo que pasa es que te mueres de envidia, ¿verdad?
—¿Qué estás diciendo?
Tatiana frunció las cejas, confundida, aunque en el fondo empezó a sospechar a lo que se refería.
La cara de Lisandro, tan parecida a la de Fabián, mostraba una dureza impropia de su edad. Con palabras filosas, disparó:
—¿Que si invento? Eso lo sabe usted mejor que nadie, señora. Al final, mi mamá siempre ha sido mejor que tú. Ya viste todo lo que salió en las noticias últimamente, ¿o no?
Lisandro la escaneó de arriba abajo, con una sonrisita de superioridad.
—Así que mejor pórtate bien y ni se te ocurra tratar de meterte con mi papá. Aunque haya perdido la memoria, jamás va a fijarse en ti.
Apenas terminó de decirlo, Lisandro se dio la vuelta, dispuesto a irse.
Pero, ¿cuándo Tatiana había soportado un desplante así? Menos aún de un niño al que siempre había manejado a su antojo. ¿Ahora salía con que podía voltearle la tortilla?
Eso sí que no lo iba a permitir.
Instintivamente, buscó la mirada de Lisandro. El niño, asegurándose de que nadie más lo viera, le lanzó una mirada provocadora, casi retándola.
Tatiana apretó los puños a los costados. Si después de todo esto no entendía que Lisandro había hecho todo a propósito, entonces no había aprendido nada en todos estos años.
Con una expresión de víctima, Tatiana se adelantó para explicarle a Renata:
—Señora, se lo juro, yo no lo hice a propósito. Lisandro se cayó por accidente.
—Lisandro, diles tú, ¿verdad que fue así? —preguntó Tatiana, con un tono que buscaba aprobación, aunque en sus ojos se le notaba la amenaza.
En ese momento, Lisandro asintió con la cabeza, se refugió en los brazos de Renata y, con voz temblorosa, murmuró:
—Sí, abuelita… no te enojes con la señorita Tatiana. Todo fue mi culpa. Yo fui el que se cayó solo. La señorita Tatiana no tuvo nada que ver.
Tatiana se quedó en silencio.
¿No era ese el truco que ella siempre usaba? Solo que ahora, en boca de otro, sonaba peor. Vaya ironía: cuando ella lo hacía, no lo veía tan grave, pero al estar del otro lado… le daban ganas de arrancarse los cabellos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cuando el Anillo Cayó al Polvo