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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 895

—¿Tú qué quieres decir con eso?

—¿Qué quiero decir?

La voz de Héctor sonó todavía más sarcástica:

—En vez de estarme preguntando estupideces, mejor pregúntate qué cosas le has hecho a tu adorado hijo. Si de verdad no quieres ver a la familia Soto caer, entonces sigue haciendo tus locuras, ándale.

Catalina frunció el entrecejo, y la duda empezó a apretarle el pecho cada vez más:

—¿A qué te refieres con eso?

—Ya te lo dejé bien claro, no te hagas la que no entiende —espetó Héctor, dejando salir un bufido molesto—. Si vuelves a poner a la familia Soto en una situación como esta, te juro que voy a romper la relación contigo por los papás. Aunque ellos no quieran, yo sí lo haré.

No le dio oportunidad de replicar y colgó el teléfono primero.

Héctor contempló la pantalla que mostraba las acciones bajando y sintió cómo la rabia le hervía por dentro. De plano, hay gente que nunca va a aceptar la realidad, aunque se la grites en la cara. Eso era algo tan simple, tan obvio, pero para Catalina parecía ser un misterio sin resolver. Ya la había advertido varias veces, pero si seguía empeñada en no entender, no le quedaba otro remedio más que cortar la relación.

¿Por qué los errores de Catalina siempre terminaban cayendo sobre la familia Soto? ¿Por qué ellos tenían que cargar con las consecuencias de sus antojos?

Después de un buen rato dándole vueltas, Héctor decidió llamar a Arturo.

...

Mientras tanto, del otro lado, Catalina miró atónita la pantalla con la llamada cortada y la mirada se le volvió aún más oscura. Apretó el celular con fuerza, y en ese instante, por fin entendió a lo que Héctor se refería.

¿O sea que todo el desastre en la empresa tenía que ver con Arturo?

Catalina nunca había dejado de pensar en cómo deshacerse de Joana, pero siempre creyó que, para Arturo, ella era especial. Al final de cuentas, ¡era su propia madre! Pero ahora, ¿qué pasaba? Ante cualquier problema, Arturo prefería ir a buscar a la familia de ella antes que hablarlo directamente.

¡Eso sí era tener agallas!

El pecho de Catalina subía y bajaba con furia. Al final, decidió tomar el celular y marcarle a Arturo.

Solo que la línea estaba ocupada.

Héctor soltó un suspiro, dándose cuenta de que todo, en efecto, tenía que ver con Catalina.

—Pero… son dos cosas diferentes, ¿no crees…?

Su voz se fue apagando poco a poco, y hasta él mismo dudaba de lo que decía.

Arturo, con el codo apoyado y la mano sosteniéndole la cabeza, empezó a tamborilear la mesa con los dedos, sin apuro:

—¿Por qué no sigues? ¿Tú mismo ya te diste cuenta de que no tienes cómo defenderla, verdad?

Héctor se rascó la nariz, incómodo, sin saber qué más decir. Pasó un rato en silencio antes de murmurar, resignado:

—Bueno, ya le hablé claro del asunto, y le hice ver que estaba mal.

—¿Y luego?

Arturo conocía de sobra a Catalina. Sabía que, con tal de salirse con la suya, era capaz de cualquier cosa.

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