—¿Cuántas veces van ya y todavía no aprendes la lección?
—De veras, te gusta jugar con fuego justo donde a don Zambrano más le molesta. Ahora sí que te luciste.
—A lo que ella más le importa, eso es justo lo que vamos a quitarle.
Arturo, con el codo apoyado en la mesa y la cabeza en la mano, soltó esas palabras con una calma que casi daba miedo.
En ese instante, Ezequiel ya le había prendido tres velas a la abuelita en su mente.
No iba a ofrecerle más.
Hasta ahí llegaba su compasión.
La abuelita se sentía invencible en ese momento, pero Ezequiel ni entendía de dónde sacaba tanta seguridad.
Arturo notó la risa tonta de Ezequiel a su lado y frunció el ceño.
—¿Y tú de qué te ríes como menso?
—¿Eh? No, nada, solo me acordé de algo chistoso, ya sabes.
Ezequiel se rascó la cabeza y cambió rápido la conversación.
Arturo prefirió no darle importancia y le indicó que podía irse a cumplir con el encargo que acababa de recibir.
...
Arturo se movió rápido.
Mientras tanto, Héctor notó que algo andaba mal en la empresa.
A la izquierda de su computadora tenía una pantalla grande donde monitoreaba las acciones del Grupo Soto.
La gráfica, que había ido subiendo sin sobresaltos, de repente se desplomó en picada.
No necesitaba mirar dos veces para darse cuenta de que algo grave sucedía.
Justo en ese momento, la puerta de su oficina se abrió de golpe. La secretaria entró casi sin aliento.
—¡Sr. Héctor, tenemos un problema! Varias empresas con las que trabajamos acaban de cancelar los contratos.
—¿Por qué?
—No sabemos. Les preguntamos, pero nadie quiere decir nada.
La secretaria tenía la cara llena de susto.
—Y eso no es todo, también hablé con las secretarias de ellos, pero igual, todas evaden el tema. Señor Héctor, ¿no será que le hicimos algo a alguien importante?
Héctor, que hasta ese momento no tenía idea, sintió como si de pronto una luz se encendiera en su cabeza.
Cayó desplomado en la silla, con una expresión tan apagada que hasta la secretaria lo notó.
—Está bien, puedes irte.
—¿Ahora sí te dignas a llamarme? ¡Muy tarde!
Catalina estaba convencida de que Héctor la buscaba para pedirle disculpas.
Así que, con toda la altanería, colgó la llamada.
En su mente, estaba segura de que Héctor insistiría.
Tal cual, el teléfono volvió a sonar.
Catalina tosió, fingiendo desinterés.
—Si vas a disculparte, te aviso que no pienso perdonarte... al menos no por ahora.
Héctor guardó silencio.
Ver que le colgaron el teléfono, sumado al caos en la empresa, lo llenó de rabia.
Cuando volvió a llamar y Catalina respondió de esa forma, Héctor ya no pudo contenerse.
Su tono se volvió tan seco que hasta el aire se puso pesado.
—Catalina, que te quede claro: no pienso disculparme.
—¿Héctor, ya te sentiste muy valiente o qué? ¡Soy tu hermana! —le gritó Catalina, indignada.
—Pues yo no tengo una hermana que anda queriendo hundir la empresa —le contestó Héctor sin filtro.

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