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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 888

El señor Prieto miró a su hija, tan aferrada a sus ideas, y de pronto levantó la mano con fuerza.

Sin embargo, al ver la mirada obsesiva de Violeta, ese dolor que se reflejaba en sus ojos, sintió cómo algo dentro de él también se quebraba.

La mano alzada terminó por descender poco a poco, como si todo el peso del mundo le cayera encima.

—Ay, hija, ya basta, no sigas por ese camino —suspiró al final—. Nuestra familia no aguanta más problemas. Arturo... ese tipo no es para nosotros, mejor déjalo, ¿sí? Olvídalo...

Sabía que ellos simplemente no estaban destinados a la fortuna ni al brillo fácil.

Pensó que, a veces, vivir paso a paso, con los pies bien puestos sobre la tierra, tampoco estaba tan mal.

Violeta lo miró, confundida, como si la neblina llenara su mente. Pero de repente, algo le cruzó la cabeza y sus ojos brillaron.

—¡No! ¡Todavía no perdí! ¿Por qué tengo que rendirme? —se dijo a sí misma, mientras subía las escaleras a toda prisa.

Fue directo a su cuarto para buscar su celular y llamarle a Catalina.

Tenía que saber qué estaba pasando. Exigía respuestas.

—¡Tú...! —alcanzó a decir el señor Prieto, pero ni siquiera intentó detenerla. Se quedó con el brazo estirado, que al final cayó vencido a su costado.

Retrocedió unos pasos, tropezando hasta dejarse caer en el sofá, derrotado.

No sabía qué hacer. ¿De verdad su familia iba a venirse abajo por culpa de Violeta?

El mayordomo, que había presenciado toda la escena, se apresuró a sostenerlo.

—Patrón, los hijos crecen y hacen su vida. Nosotros ya estamos grandes, a estas alturas, no podemos controlarlos.

El señor Prieto se tapó la cara, desesperado.

—Pero no puedo quedarme viendo cómo Grupo Delgado se va a la ruina...

El mayordomo solo pudo quedarse en silencio, sin saber cómo consolar a ese hombre tan abatido.

...

Arriba, Violeta entró corriendo a su habitación, sacó el celular y marcó directo a Catalina.

Sabía perfectamente lo que estaba pasando en internet, no hacía falta ni mirar.

Al final de cuentas, ella misma había pagado para que la gente hablara.

Pero si ya estaba colaborando con Catalina, ¿cómo era posible que Arturo siguiera fuera de su alcance?

Si Grupo Delgado de verdad quebraba, ella iba a ajustar cuentas con Catalina, le costara lo que le costara.

Marcó y marcó, pero nadie contestaba.

Violeta, terca como siempre, siguió llamando una y otra vez, sintiendo cómo se le llenaban los ojos de lágrimas.

...

Catalina, al leer todo eso, terminó de despertar de golpe.

Por el tono de los mensajes, ya entendía más o menos lo que pasaba.

Era evidente que Arturo ya había dado con Violeta.

El papá de Violeta, pobre, había terminado embarrado en todo gracias a su “adorada” hija.

Catalina suspiró y, resignada, decidió aceptar una reunión.

[Está bien. Nos vemos en el mismo café de antes.]

En menos de un segundo, Violeta contestó.

[Nos vemos en la tarde, pase lo que pase.]

Catalina se quedó viendo el celular.

—Vaya, no pegó ni un ojo en toda la noche, ¿eh? De veras, qué obstinada.

Y sí, tal como Catalina lo sospechaba, Violeta no había dormido nada.

Por primera vez en su vida, esa niña consentida sintió lo que era tocar fondo.

Después de tantos años de vivir como una princesa, siempre protegida por el señor Prieto, esa bofetada le había destrozado el orgullo y la arrogancia que la habían acompañado siempre.

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