Después de todo, Joana no había perdido el tiempo, y además tenía a ese tal Arturo rondando a su alrededor.
Fabián lo pensó un momento y sintió que cada vez tenía más sentido.
Si no fuera por Arturo, y por su propio orgullo, quizás Joana ya se habría reconciliado con él.
Fabián no pudo evitar esbozar una sonrisa, convencido de que era absolutamente necesario ir al lugar para ayudar a Joana.
Al fin y al cabo, era una forma de darle una salida digna; no podía dejarla sola enfrentando esas cosas. Tratándose de su estudio, como su hombre, era su deber ir y resolverle los problemas.
Con ese pensamiento, Fabián se levantó decidido a ir al juzgado.
Sin embargo, la voz de Tatiana lo detuvo desde el sofá:
—Fabián, ¿a dónde vas?
Fabián se detuvo en seco.
Tatiana tenía sus sospechas, pero quería escucharlo de la propia boca de él.
—Fabián, el doctor dijo que necesito reposo absoluto, por eso regresé a casa —Tatiana se acarició suavemente el vientre, con un tono cada vez más dulce—. Pero tú sabes que mi tranquilidad depende de ti. Si no estás a mi lado, me pongo muy triste.
Fabián se quedó plantado en su sitio, atrapado en un dilema.
Al escuchar la voz de Tatiana, sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
¿Por qué Tatiana parecía cada vez más distinta a la imagen que él tenía en su memoria? Antes no era así.
—Tengo asuntos en la empresa, debo salir un momento —respondió Fabián con frialdad—. ¿Qué pasa? ¿Ahora tengo que reportarte todo lo que hago?
—Claro que no.

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