Sabrina asintió:
—Es verdad, no te fijaste, pero la cara de Violeta hace un momento fue para morirse de risa, cambiaba de color como un semáforo.
Joana recordó y, efectivamente, así había sido.
Ese grupo había cambiado de expresión muy rápido al ver el coche.
Al verlas a ella y a Sabrina, parecían haber tragado moscas.
Joana se sintió divertida al pensarlo.
—Sabrina, todo gracias a ti.
Sabrina levantó la barbilla:
—Claro, tengo mil trucos. Esas novatas, ¿qué van a hacer contra mí?
—Además, todo esto es para apoyarte, y también por mí —bufó Sabrina—. Ahora somos socias; si alguien te intimida, es como si me estuvieran dando una cachetada a mí.
—Gracias, Sabrina.
Joana abrazó a Sabrina.
Ella se quedó paralizada.
Su expresión despreocupada se detuvo de golpe.
No estaba acostumbrada a que Joana la tratara con tanta dulzura de repente.
—Ay, somos como hermanas, ¿para qué tanta formalidad?
Diciendo esto, Sabrina caminó hacia adelante.
Pero Joana vio claramente que las orejas de Sabrina se habían puesto rojas.
Joana apretó los labios, sintiendo una calidez en el pecho.
Sabía que Sabrina siempre había sido buena con ella.
Guardaría esa bondad en su corazón para devolverla poco a poco en el futuro.
Cuando Joana entró al recinto, Violeta y su grupo llegaron poco después.
Miró a Joana con hostilidad.
—Señorita Joana, cuánto tiempo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cuando el Anillo Cayó al Polvo