Al escuchar la advertencia, Joana dejó de forcejear, aunque su cuerpo seguía tenso.
—¡Eres un sinvergüenza! —le espetó en voz baja.
Por el rabillo del ojo, notó que varios curiosos ya estaban volteando hacia ellos, así que trató de disimular. Lo último que necesitaba ahora era un espectáculo público. Mañana tenía el juicio y si se armaba un alboroto, los buitres de Estudio Aurora Creativa se le echarían encima para aprovechar el escándalo.
—¿Yo soy el sinvergüenza? —replicó Fabián con una risa burlona—. ¿Y tú qué? Te la pasas poniendo a los niños en mi contra y aislándome. ¿Crees que eso es muy decente de tu parte? Joana, te lo voy a decir claro: ¡no vas a quedarte con ninguno de los dos niños! ¡Ni lo sueñes!
Joana sintió que le temblaba el labio de pura incredulidad. A veces no entendía cómo funcionaba el cerebro de Fabián. Era como hablar con una pared.
—Ya te lo dije mil veces, los niños llevan el apellido Rivas. ¿Qué más quieres que haga? —dijo ella, con el cansancio pesándole en cada palabra.
Estaba harta. No quería seguir discutiendo con él. Era un desperdicio de energía.
Joana respiró profundo, tratando de mantener la compostura.
—Sobre los niños, puedes estar tranquilo. No voy a pelear su custodia, no te los voy a quitar. Pero a cambio, te pido que dejes de meterte en mi vida. Déjame en paz.
Fabián sintió una punzada extraña en el pecho. Al escucharla renunciar tan fácil, su primer instinto fue pensar que ella estaba mintiendo o haciéndose la difícil.
—Joana, ¿hablas en serio? —preguntó, clavando sus ojos oscuros en ella, tratando de descifrar si había engaño en sus palabras.
—¿Crees que tengo ganas de bromear contigo? —respondió Joana con seriedad absoluta—. No somos amigos, no somos nada. La neta es que tu presencia solo me pone de malas.
Su tono cambió a uno más suave, casi de súplica, como quien aconseja a un caso perdido:
—Fabián, ya suéltame. Y suéltate tú también. Dedícate a vivir bien con Tatiana, eso es lo mejor que puedes hacer.


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