La expresión de Fabián se relajó un poco al tomar el aparato. En su interior, soltó una risa burlona. La presión social nunca fallaba. Seguramente Joana ahora rogaría por ir. Planeaba hacérsela difícil; después de todo, ella lo había tratado con la punta del pie al inicio de la llamada. ¿Por qué no devolvérsela un poco? Sonrió con arrogancia.
—Dime, ¿qué quieres? —preguntó, dándose importancia.
Pero Joana destrozó su fantasía en un segundo.
—Mira, Fabián, deja de hacerte el santo. No te queda. Sé que estás usando a los niños para tus jueguitos sucios. ¡Es lo único que sabes hacer!
Fabián recibió el regaño como un balde de agua fría. No esperaba que Joana fuera tan directa y agresiva. No se parecía en nada a la mujer sumisa que imaginaba pidiendo permiso para ver a sus hijos.
Viendo las caritas confundidas de Dafne y Lisandro, Fabián bajó el volumen del celular y les dio la espalda para que no escucharan.
—Joana, te lo voy a preguntar una vez más: ¿Vas a venir o no? —dijo entre dientes, con la mandíbula tensa.
Él ya le había prometido a Dafne que su madre iría. Si fallaba, quedaría como un mentiroso frente a sus hijos, y eso no lo podía permitir. Sentía el sudor frío recorrerle la espalda.
Joana soltó una risa seca.
—Fabián, no creas que soy tonta. Sé que tú le dijiste a Dafne qué decir. No voy a ir, así que ve viendo cómo arreglas tu desastre.
—¡Joana, sé que estás en medio de una demanda! —lanzó Fabián, desesperado, antes de que ella colgara.

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