Grace
¿Castigarme? ¿Quería castigarme?
Miré fijamente sus oscuros ojos color avellana e intenté entender sus palabras. Estaba confundida. ¿Por qué iba a castigarme? No había hecho nada malo; bueno, nada que mereciera un castigo. Si se refería al trabajo del día anterior, podía terminarlo a tiempo ese mismo día. No lo dejé pendiente a propósito.
Bajé la mirada hacia sus labios y se me hizo un nudo en la garganta. O... ¿se trataba del beso del día anterior? ¿No me había castigado ya por eso? Me dio nalgadas y me cogió tan fuerte en su oficina que creí que ya todo había terminado.
Debía de tener la confusión escrita en la cara. Aunque parecía indiferente, tenía la mirada ensombrecida cuando preguntó:
—¿Qué crees que hiciste mal, señorita Grace?
Me quedé paralizada, con ganas de llorar. ¿De verdad me preguntaba eso? ¿Cómo se suponía que iba a saber qué había hecho mal? ¿Era una trampa, una forma de obligarme a confesar hasta el menor detalle para después empeorarlo todo?
“Bah, qué importa”, pensé con amargura. “Elegiré algo sencillo y se lo diré”.
—¿E-es porque ayer no terminé mi trabajo? —balbuceé.
Alzó una ceja, sin dejar traslucir nada.
—No lo hice a propósito —me apresuré a decir—. Sé que fue poco profesional de mi parte, pero el equipo de relaciones públicas organizó una fiesta de bienvenida y tuve que asistir porque podían molestarse y...
Me detuve y se me cortó el aliento cuando me apretó con fuerza el muslo sobre el que descansaba su mano. Las palabras se me enredaron en la garganta.
Curvó los labios, pero en sus ojos no había ni rastro de diversión.
—¿En serio crees que me preocuparía por algo tan insignificante?
Parpadeé, atónita. ¿Insignificante? Si lo era, ¿por qué demonios me había dicho que lo terminara en un día? Había actuado como si fuera tan urgente como para obligarme a saltarme el almuerzo.
Quería preguntárselo, pero en ese momento no podía concentrarme en eso. Tenía la mente hecha un torbellino y no entendía nada. Entonces, ¿por qué quería castigarme?
Casi sin pensarlo, me llevé la mano a los labios. ¿De verdad era por el beso? En cuanto los rocé con los dedos, él siguió el movimiento con la mirada, como si pudiera leerme el pensamiento. Esta vez sí sonrió, divertido. Se inclinó tanto hacia mí que retrocedí por instinto. El pulso me martillaba la garganta.
No tenía idea de lo que pasaría después, pero estaba segura de que no sería nada bueno. Apollo Reed casi nunca sonreía. Y si me sonreía a mí, en especial de aquella forma tan peligrosa, solo podía significar problemas.
Apollo alzó una mano y me sujetó el mentón con firmeza. Me obligó a levantar la cara y a sostenerle la mirada.
—Señorita Grace —dijo—, ya te castigué por el error de anoche. Pero si quieres que te castigue otra vez por eso, será un placer complacerte.
Me ardió la cara y sacudí la cabeza enseguida. Ni hablar. De ninguna manera iba a dejar que volviera a darme nalgadas; mi mente me lo gritaba. Pero mi cuerpo me traicionó.
Porque, carajo, mi cuerpo sí lo deseaba.

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