Apollo
En cuanto pronuncié su nombre, la sala quedó en silencio.
Padre e hijo me miraron pasmados, como si acabara de hablar en un idioma desconocido, y trataron de asimilar mis palabras. No aparté la mirada ni cambié de expresión ante su desconcierto.
Grayson rompió por fin el silencio.
—¿Qué...?
Antes de que pudiera decir algo más, Charles salió de su estupor. Apartó a su padre de un empujón y el hombre trastabilló, sorprendido por la inesperada fuerza de su hijo. Charles avanzó hacia mí hecho una furia y golpeó la mesa con ambas manos.
La voz se le quebró.
—¿A-acaba de decir Grace? ¿Cómo conoce a mi prometida?
Esa palabra. Prometida.
Me dejó un sabor amargo en la boca. Apreté la mandíbula y clavé la mirada en ese mocoso tembloroso que no entendía nada y no tenía derecho siquiera a pronunciar su nombre.
—¿Prometida? —Repetí con un tono inexpresivo pero amenazante.
Charles tragó saliva. Vi el miedo en sus ojos y noté que quería retroceder, pero se obligó a permanecer en su sitio y apretó los puños.
—Sí —respondió, esta vez con más fuerza—. Prometida. Grace y yo vamos a casarnos. Es mi mujer. No tiene sentido que me diga que me aleje de ella cuando es mía.
Nadie decía nada; solo se oía el golpeteo de mis dedos contra la madera, cada vez más lento. Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba furioso.
Rara vez me dejaba dominar por la ira. Pensaba antes de reaccionar. Calculaba antes de decidir. Pero en ese momento quería darle a ese mocoso una lección tan brutal que jamás volviera a atreverse a abrir la boca.
Austin, que estaba detrás de mí, también debió notarlo, pues me habló en voz baja y con cautela.
—Señor Reed...
No le hice caso. Charles seguía hablando, ajeno a la tormenta que tenía enfrente.
—Ah, ¿ella trabaja en su empresa? ¿Por eso vino? No tiene de qué preocuparse; solo es una pequeña discusión y la resolveremos pronto, señor Reed...
Se me escapó una risa antes de que pudiera contenerla. La tensión se apoderó de la sala. Charles se quedó petrificado a media frase y se le cortó la voz.
Me recosté en la silla y no aparté la mirada de él.
—Qué necio.
Charles parpadeó.

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