Apollo
El hombre sentado frente a mí levantó una ceja y repitió despacio mis palabras:
—¿Tocar lo que es suyo?
Parecía sorprendido, casi confundido, como si aquella idea fuera a la vez imposible y absurda.
Grayson respiró hondo para calmarse.
—Con todo respeto, señor Reed, llevo en este mundo el tiempo suficiente para saber a quién enfrentar y a quién evitar. Jamás me atrevería a desafiar a la familia Reed; mucho menos a usted, el hombre al que todos temen.
Me estudiaba, calculador, para descubrir cuál era el problema. Por fuera parecía tranquilo, pero noté que los dedos le temblaban apenas mientras se aferraba al apoyabrazos de la silla.
Mantenía bien la compostura. Mejor que la mayoría.
La mayoría de los hombres que siquiera sospecharan haberme agraviado ya estarían de rodillas, balbucearían disculpas y suplicarían clemencia. Grayson, sin embargo, aún me sostenía la mirada y se obligaba a mantener firme la voz, aunque el cuerpo lo delataba. Tenía que reconocérselo. Sabía mantenerse firme.
Pero su hijo... Desvié la mirada hacia él y el contraste casi resultaba cómico. El muchacho no podía disimular que temblaba y se mordía el labio inferior. Ni siquiera conseguía sostenerme la mirada. No necesitaba decir nada. Grayson notó adónde miraba.
Se quedó inmóvil un instante. Miró a su hijo y después volvió la mirada hacia mí. Su expresión se descompuso y le falló la voz.
—É-él no pudo... ¿Fue mi hijo quien lo ofendió, señor Reed?
Guardé silencio, pero comprendió que todo aquello estaba relacionado con su hijo. Grayson apretó la mandíbula y cerró el puño antes de volverse hacia su hijo, consumido por la furia.
—¿Qué hiciste, Charles? —Su voz retumbó en el restaurante vacío.
El muchacho se estremeció y palideció de miedo. Sacudió la cabeza con fuerza y tartamudeó:
—¡N-nada! No hice nada malo, padre. Jamás lo ofendería. Lo juro, yo...
Grayson lo golpeó antes de que terminara. ¡Paf!
El golpe resonó en la sala. Charles trastabilló hacia atrás y se llevó una mano a la mejilla. Se le escapó un grito de sorpresa. Incluso Austin, que permanecía en silencio detrás de mí, tomó aire de golpe.
Y yo que creía que Grayson se controlaba mejor que la mayoría. Pero la verdad era sencilla. Se parecía a todos los demás. Ante una amenaza que no podía enfrentar, descargaba su violencia sobre quien sí podía, en este caso, sobre su propia sangre.
Charles miró a su padre con los ojos desorbitados y los labios temblorosos, como si quisiera hablar:
—Yo...
¡Paf!

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