Grace
Apenas entré, me dejé caer en el sofá. Me dolía hasta el último músculo y, por primera vez esa mañana, sentí que al fin podía respirar y relajarme.
Al volver la cabeza, casi gemí. Liana y Lucas estaban arrodillados en el piso, a mi lado, con las caras demasiado cerca de la mía.
Liana sonrió, cómplice, como si hubiera descubierto el secreto más jugoso del siglo. Lucas, en cambio, me miraba con esos ojazos de cachorro que hacían imposible seguir molesta con él.
—Tía Grace —dijo Lucas—. ¿Ese era tu jefe? ¿El que te trataba mal?
Liana lo interrumpió con un resoplido y se echó el cabello hacia atrás.
—¿Cuántas veces tengo que decírtelo? Estás equivocado. Él no la trataba mal. Son novios. ¿Verdad, tía?
Lucas fulminó a su hermana con la mirada.
—¿Y tú cómo sabes? Ella no nos dijo que fueran novios. Solo estás inventando cosas.
Liana se levantó y cruzó los brazos.
—Porque es guapo.
Parpadeé. ¿Esa era su lógica? ¿Solo porque Apollo era guapo se convertía automáticamente en mi novio?
Lucas protestó con un gemido exagerado y puso los ojos en blanco.
—¡Eso no tiene sentido! Además, ni siquiera es tan guapo. Yo soy más guapo que él.
Liana se rio con tanta fuerza que me sobresaltó.
—Sí, claro. A su lado pareces un bebé.
—¡Liana...! —Lucas se mordió un cachete; los ojos se le llenaron de lágrimas antes de que rompiera a llorar.
Me cubrí la cara con ambas manos y suspiré. Estos niños iban a acabar conmigo.
—Muy bien, basta —intervino Wyatt mientras se acercaba y se colocaba entre los gemelos—. Arriba. Los dos. Es hora de prepararse.
Lucas hizo puchero, pero antes de que se fuera le revolví el cabello.
—No le hagas caso a tu hermana, Lucas. A mí me pareces más guapo.
Lucas sonrió radiante. Liana suspiró, aunque se le escapó una sonrisa. Mientras Wyatt la llevaba casi a rastras hacia las escaleras, Liana volvió la cabeza hacia mí.
—Continuaremos esta conversación más tarde, tía.
Los gemelos por fin se marcharon y respiré hondo. Eso significaba que ya no tenía ninguna excusa para evitar el verdadero problema que me esperaba.
Me volví y ahí estaba ella.
Eleanor estaba en la cocina y llevaba el delantal bien atado a la cintura. El aceite chisporroteaba mientras Eleanor rompía un huevo en el sartén. Tenía el cabello algo revuelto desde la noche anterior.
Dudé un segundo antes de levantarme del sofá y entrar en la cocina. Me subí de un salto a la barra, me senté, crucé los brazos y la observé.
—¿Necesitas ayuda? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
Eleanor giró apenas la cabeza y me sonrió con burla.
—¿Ayuda? ¿Tú? —preguntó mientras negaba—. Por favor. Eres una cocinera terrible. Quemarías mi cocina antes de siquiera empezar a preparar el desayuno.
Incliné la cabeza y entrecerré los ojos.
—Qué raro.
—¿Qué cosa?
—Que todavía no me estés acribillando a preguntas. Creí que serías la primera en sacarme hasta el último detalle. Pero desde que regresé no has dicho nada, ni siquiera de camino a casa.
Su sonrisa burlona se ensanchó mientras apartaba el sartén y centraba toda su atención en mí.
—O sea que... ¿quieres que te interrogue?
—Yo... —balbuceé, tomada por sorpresa, pero Eleanor ya se reía.
—Tranquila. Por eso estoy preparando el desayuno tan rápido.
—¿Qué?
Me señaló.
—Pareces agotada, como si casi no hubieras dormido. ¿Y qué clase de amiga sería si no te diera de comer antes de sacarte todos los detalles?
Sus palabras me enternecieron. Me conocía demasiado bien. Se me escapó una sonrisa y, antes de poder contenerme, lo dije.
—Me acosté con él.
La espátula dejó de moverse. Eleanor permaneció inmóvil durante un segundo. Se me hizo un nudo en el estómago mientras me preguntaba si le había fundido el cerebro.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Compláceme, Papi