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Compláceme, Papi romance Capítulo 66

Grace

Me dije que sus palabras ya no deberían sorprenderme. Aun así, abrí la boca, atónita, y me quedé sin aliento. Los ojos se me abrieron sin que pudiera evitarlo.

—¿Q-qué?

¿Una relación sexual con él? ¿Hablaba en serio? ¿Quería seguir acostándose conmigo?

El corazón me latía con fuerza y los latidos me retumbaban en los oídos. Por un momento, pensé que todo debía de ser un sueño, una alucinación extraña y vívida provocada por el agotamiento de la noche anterior.

—Te pregunté si querías compartir mi cama.

Apollo habló sin emoción. Permaneció frente a mí, alto y sereno. Me observaba como si pudiera leer cada uno de mis pensamientos mientras esperaba mi decisión.

Bajé la mirada, incapaz de sostener la suya. Los pensamientos se atropellaban y no conseguía ordenarlos. Por extraño que pareciera, esta vez estaba más tranquila.

La primera vez que me propuso algo así, había estado hecha un desastre. Me sentía confundida, asustada y preocupada por las consecuencias, por lo que implicaría y por la línea que cruzaría si aceptaba.

Ahora seguía sintiendo todo eso, pero algo había cambiado en mí. Si aceptaras acostarte una vez con tu jefe y después él te propusiera hacerlo de manera habitual, ¿qué harías? ¿La mayoría aprovecharía la oportunidad, sobre todo si su jefe fuera así de sexy? ¿O saldría corriendo lo más lejos posible e intentaría borrar el recuerdo?

¿Qué habría hecho la Grace de antes?

La Grace de antes se hubiera quedado pensando en todo. Lo habría complicado y se habría atormentado en su afán por proteger a los demás antes que a sí misma. Habría dicho que no aunque quisiera decir que sí, porque creía que negarse lo que deseaba era lo correcto.

Pero después de anoche… quizá ya no quería seguir así.

Ya no quería pensar en lo que estaba bien o mal. Tampoco quería pensar en las consecuencias. La verdad era sencilla. Lo que tanto temía ya había sucedido. Ya había cruzado la línea. Ya me había acostado con mi jefe.

Cuando al fin volví a levantar la mirada, él aún tenía los ojos fijos en mí.

—¿Puedo pedirte un favor? —pregunté en voz baja.

Levantó una ceja; fue la única señal de que mi calma lo había sorprendido.

Cerré el puño y me clavé las uñas en la palma. Lo que estaba a punto de pedir era descarado, temerario y peligroso. Pero él era la única persona que conocía capaz de hacerlo, la única con poder suficiente para hundir a ese hombre.

Mi orgullo importaba, pero mi seguridad y la de las personas que quería importaban más.

—¿Puedes ayudarme a deshacerme de alguien?

Inclinó un poco la cabeza, intrigado, y preguntó:

—¿Quién?

—El señor Grayson —dije en un susurro—. El político. Por favor, mantenlo alejado de mi vida.

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