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Compláceme, Papi romance Capítulo 6

Apollo

Yo no era de los que actuaban por impulso. Cuando tomaba una decisión, la mantenía. Tenía mis reglas, y una de ellas era no acostarme nunca con una mujer sin protección.

Bajé la vista hacia la mujer en mi cama.

¿Veintitrés? Yo le llevaba diecisiete años. La diferencia de edad no era poca cosa. Cualquier otro día lo habría dejado pasar. Pero esta noche, con la piel encendida y los labios entreabiertos, la verga me palpitaba con un hambre que no sentía desde hacía mucho.

—Yo no hago nada sin tenerlo claro —dije, apoyando las manos a cada lado de ella, encerrándola sin tocarla—. ¿Tengo tu consentimiento?

Ella asintió y todo el descaro y la seguridad que tenía antes se le evaporaron bajo mi mirada.

—Dilo —le exigí, esta vez con más firmeza.

—Sí —dijo, soltando el aire—. Sí, lo tienes.

Maldito sea. Se veía tan delicada, tan jodidamente inocente. Parecía una flor, y yo me sentía una bestia apenas contenida, lista para destrozarla. No sabía que alguien pudiera desesperarme así.

—Esta noche no significa nada —dije en voz baja—. Es cosa de una sola vez. No te hagas ilusiones, mucho menos con tener un hijo mío. Si me entero de que intentas atraparme porque mi padre te mandó, te destrozo. Para que sea justo —añadí—, voy a aumentar la suma que mi padre te prometió.

Ella parpadeó, confundida un instante, y luego volvió a asentir.

—Trato hecho. ¿Y-ya terminaste? Por favor... ¿ya puedes empezar?

Su voz sonaba suplicante, desesperada de una forma que me encendió más. Se estiró hacia mi boca, buscando un beso.

—No —advertí—. Si intentas besarme, esto se acaba. ¿Quedó claro?

Se encogió como si la hubiera abofeteado.

—Sí, señor.

¿Señor? Arqueé una ceja. Muchas me habían llamado señor antes, pero algo en cómo se le escapó de los labios me sonó distinto. Su voz tenía un filo áspero, como si saboreara la sumisión.

Le recorrí el cuerpo con la mirada y me detuve en la lencería negra que se ceñía a sus curvas. Cumplía su propósito, porque la volvía pecaminosamente irresistible. Pero en ese momento me estorbaba. Le bajé el sostén de un jalón.

Los pechos se le desbordaron, suaves, llenos, firmes. Solo de verlos, la verga me palpitó otra vez.

La miré a la cara. Tenía las mejillas encendidas y apartaba la mirada antes de volver a buscar la mía. Estaba avergonzada y, aun así, excitada.

Quería que yo la viera así. Sonreí de medio lado, le llevé el pulgar al pezón y lo presioné. Ella gritó y abrió mucho los ojos mientras el pezón se le endurecía bajo mi dedo. Me incliné hasta quedar muy cerca y dejé que mi aliento le rozara el cuello y luego la oreja.

—¿Esto te excita? —gruñí. Le devolví las palabras que ella se había atrevido a usar antes.

Me miró como si intentara hablar, pero no le salían las palabras. Seguí.

—¿Te gusta que te controlen en la cama? ¿Mmm? ¿Eso es lo que quieres? —Dejé los labios a un suspiro de su cara—. ¿Eso quieres, nena? ¿Quieres que te diga nena?

—Y-yo... Nngh... —gimió y se estremeció cuando volví a pellizcarle el pezón, esta vez un poco más fuerte. Todo el cuerpo le tembló.

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