Grace
Siete palabras me daban vueltas en la cabeza como una canción mala que no podía dejar de repetirse.
“Voy a mamar verga en mi sueño”.
Estaba arrodillada en la cama, con las manos alrededor de la cintura de ese desconocido, la cara demasiado cerca de sus caderas y la mejilla casi rozando la línea de músculo que desaparecía bajo una toalla peligrosamente baja.
En circunstancias normales, jamás haría algo así si fuera real. Por más destrozada que estuviera. Por más copas que me hubiera tomado. Por muy desesperada que estuviera.
Yo no me lanzaba encima de los hombres. Ni siquiera supliqué cuando Charles dejó de tocarme porque, aunque cueste creerlo, era una mujer orgullosa. Y desde luego no me arrastraba a los pies de desconocidos para que se acostaran conmigo, por más atractivos que fueran.
Pero ¿y si esto era un sueño?
Entonces era el sueño que no sabía que necesitaba.
Mi cuerpo no pedía a gritos un trago, sino desahogo; necesitaba que lo tocaran, que lo destrozaran, que le borraran todo lo demás. Esa era mi verdadera vía de escape, no el alcohol. Por fin estaba a punto de tener el orgasmo que me habían negado durante demasiado tiempo. Porque, la verdad, nunca había visto a un hombre como él. Aun borracha, me daba cuenta de que era mayor... mucho mayor que yo. A su lado, Charles parecía un adolescente fingiendo ser hombre.
Su forma de mirarme me estremeció, como si yo fuera la presa y él, el depredador. ¿Así se sentía estar con un hombre mayor? Porque si era así... que Dios me salve, no quería despertar. Algo duro me presionó la mejilla.
Me quedé tiesa y un escalofrío me recorrió la espalda.
“¿Eh? ¿Qué fue eso?” Tragué, aunque una parte de mí sabía lo estúpida que era la pregunta. Claro que sabía qué era, pero se sentía raro, distinto.
Me eché un poco hacia atrás; el mundo se ladeó a mi alrededor y bajé la mirada. Fue entonces cuando lo vi. Abrí los ojos de par en par.
Ay, Dios.
Algo estaba muy, muy mal con este sueño... o muy bien, porque bajo la toalla tensa se marcaba su contorno, clarísimo y de lo más intimidante. Era enorme, gruesa y dura.
Imposible. No había forma de que un ser humano de verdad tuviera algo así. O sea, la única que había visto en la vida real era la de Charles, y la de Charles... bueno, no era esto. La de Charles era chica, rápida y decepcionante. Era de esos hombres de dos minutos de misionero y palmadita en la espalda. Seguramente por eso a ese desgraciado le encantaban tanto las vergas.
Con razón nunca me había venido. Con razón siempre había sentido que faltaba algo esencial. Y ahora, arrodillada frente a este desconocido, cuyo cuerpo parecía tallado con cada fantasía oscura que ni siquiera sabía que tenía, me daba cuenta de lo enorme que podía ser la diferencia entre dos hombres.
Parpadeé y la mano se me fue sola. Pasé los dedos sobre la toalla y sentí la dureza debajo.
—¡Qué grande...! —murmuré, maravillada.
En cuanto lo toqué, su cuerpo se sacudió y, en un parpadeo, se movió. Con una mano me agarró la cintura con firmeza y con la otra, enorme, me atrapó las muñecas y me las inmovilizó por encima de la cabeza contra la cama. Mi espalda golpeó el colchón, se me escapó el aire y sentí la dura presión de su erección contra el muslo, demasiado cerca de donde ya me dolía.
Se me escapó un grito y todo el cuerpo se me tensó. Su mano subió de mi cintura a mi garganta. Solo descansaba ahí, sin apretar, y me obligaba a levantar el mentón para que quedáramos mirándonos de frente.
Mierda, mierda, mierda.
Este sueño era tan intenso que debería haberme asustado, pero solo podía pensar: Por favor, no despiertes todavía. Necesito probarlo.


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