Grace
Yo no soy así. Yo no soy así. Yo no...
—Ay, Dios... —El gemido me cortó el pensamiento.
Mis dedos entraban y salían cada vez más rápido mientras me frotaba contra el grueso bulto que tenía debajo. Con la otra mano me aferré a su camisa, desesperada por sujetarme a algo mientras el placer me ahogaba. Estaba tan mojada que le empapé el pantalón y solo podía pensar en una cosa:
“Carajo, sí soy una descarada”. Y ya no me importaba.
Con cada movimiento de mis caderas, su verga palpitaba debajo de mí y se ponía cada vez más gruesa. Tenía el cuerpo en llamas.
Dios, rogaba por un milagro. Quería que el universo se apiadara de mí y su pantalón desapareciera, se desprendiera o se hiciera trizas. Me daba igual cómo. Solo necesitaba que esa enorme verga entrara en mí y me llenara de una sola embestida.
Solo imaginarlo me hizo gemir más fuerte. Mis paredes se cerraron alrededor de mis dedos y casi perdí el ritmo. Levanté la mirada hacia él, jadeante.
Apoyé la palma en su pecho para no perder el equilibrio. Sus ojos fríos e impasibles no se apartaban de mí. Pero durante los últimos días había aprendido un par de cosas sobre Apollo. Podía mantener la cara inexpresiva, aunque su cuerpo a veces lo traicionaba.
El pequeño tic de su mandíbula. La forma en que su mirada se nublaba. Y, sobre todo, la tensión de su verga y la brutal fuerza con que me agarraba el culo.
Se contenía. Pero, carajo, esa cara suya me excitaba de una forma muy distinta. Bajé la mirada hacia sus labios. Estaban tan cerca y se veían tan tentadores... Me incliné, pero me detuve.
Incluso en medio de aquella bruma de deseo, con la mente confusa y el cuerpo descontrolado, lo recordaba. Cada vez que intentaba besarlo, él me detenía. Su expresión siempre cambiaba; él se volvía frío y distante. Quizá no le gustaba que lo besaran. Quizá un beso era demasiado íntimo para un hombre como él.
Bien. En vez de besarlo, me humedecí los labios y le levanté el mentón con los dedos. Arqueó ligeramente una ceja, divertido y curioso, como si contemplara algo absurdo que, a pesar de todo, no le desagradaba.
Sonreí.
—Déjame usar tu cuerpo para tocarme. —Antes de que respondiera, me incliné hacia su cuello.
Lo besé allí, pasé la lengua por su piel y lo mordí con fuerza.
Siseó, pero no de dolor. Parecía más bien molesto, como si yo acabara de cruzar un límite que él ni siquiera sabía que tenía.
Volví a lamer la zona para calmar el ardor y sonreí con malicia. Luego me aparté, jadeante. El corazón me latía a toda velocidad mientras contemplaba la tenue marca que había dejado.
Le había dejado una marca de mordida a Apollo, el hombre más poderoso y peligroso que conocía. Verla ahí y saber que era obra mía me llenó de orgullo.
Lo marqué.
—Nunca había visto a nadie que valorara tan poco su vida —advirtió con un gruñido tenso.
Le sostuve la mirada y sonreí. Deslicé una mano hasta uno de mis pechos y lo sostuve. Mis dedos rozaron el pezón sensible.
—Y yo nunca había visto a nadie tan paciente como tú —susurré. Me froté el pezón con el pulgar y gemí.
Arqueé la espalda al sentir mi propia caricia. Un calor palpitante y urgente me quemaba la entrepierna. Ya estaba empapada; tenía los muslos resbaladizos y le había humedecido el pantalón de tanto frotarme contra él.
Abrí más las piernas sobre su regazo y llevé otros dos dedos hasta el desastre húmedo en que me había convertido. En cuanto volví a tocarme, jadeé.
—Ahhh Ohhh...
No pude contener el gemido.
Estaba hinchada y sensible. Mis dedos se hundieron en mí con un sonido húmedo que sabía que él podía escuchar. Las caderas se me sacudieron sin control y me froté contra el bulto que tensaba su cierre. Lo sentía durísimo debajo de mí, grueso y palpitante; cada movimiento empeoraba el tormento para ambos.
Volví a gemir más fuerte. Mis dedos entraban y salían mientras balanceaba las caderas hacia delante.
—Ah... papi... —gemí.
Noté que perdía el control. Eché la cabeza hacia atrás un instante; el cabello me cayó por la espalda y el cuerpo se me estremeció. Empecé a mover las caderas despacio, con mi propia mano aún dentro, mientras me frotaba contra él. Sentía la fricción y cómo su verga luchaba por salir, como si quisiera llenarme, callarme y destrozarme.

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