Grace
—Desnúdate y tócate para mí. Dame algo que valga la pena mirar.
Sus palabras resonaban una y otra vez en mi cabeza. Lo miré mientras permanecía sentado en aquel sofá de cuero negro, como si tuviera todo el tiempo del mundo. ¿Tocarme? ¿Frente a él?
El corazón me latía tan fuerte que estaba segura de que podía escucharlo. No sabía si era por los nervios o por el deseo. Me temblaban las piernas, pero no podía moverme.
Tragué saliva e intenté ordenar mis ideas. Pero ¿cómo iba a lograrlo con aquel hombre que parecía un dios y me miraba como a un postre, indeciso entre saborearme o devorarme de una sola vez? Seguía tan frío y sereno. Dios, ¿cómo lo hacía? ¿Cómo podía estar tan tranquilo mientras le ordenaba a una mujer que se desnudara y se tocara para entretenerlo?
Me había tocado y explorado cada parte de mí con manos expertas y una boca todavía más cruel. Ahora quería verme hacérmelo yo misma.
La idea me estremeció. Un escalofrío de vergüenza, confusión y algo peor. Deseo.
Pensé en Charles. Nunca me sentí satisfecha con él. Jamás habría hecho algo así. El sexo con Charles siempre fue aburrido, predecible y vacío. Hasta lo teníamos programado en un calendario, tres veces al mes, como si fueran reuniones. A veces, cuando la desesperación y las ganas podían conmigo, le rogaba y él me miraba como si yo estuviera mal, como si desearlo fuera motivo de vergüenza.
—Grace, estás exagerando —decía—. ¿Por qué estás tan obsesionada con el sexo?
Cerré el puño con tanta fuerza que las uñas se me clavaron en la palma. Incluso cuando me tocaba, lo hacía deprisa, como quien cumple un trámite. Solo quería terminar para seguir con lo suyo. Yo nunca llegaba al orgasmo. Fingía para hacerlo feliz.
Sacudí la cabeza. ¿Por qué carajos pensaba en Charles cuando tenía enfrente a mi jefe, peligrosamente atractivo y experimentado, ordenándome que me tocara para él?
¿Y por qué la idea de tocarme mientras me observaba hacía que todo el cuerpo me ardiera de deseo? Me puse de pie despacio sin apartar la mirada.
Me temblaron los dedos cuando me subí el vestido, primero por las caderas y luego por encima de la cabeza, hasta dejarlo caer en un montón a mis pies.
Volví a mirarlo. Por un segundo, habría jurado ver un destello oscuro en su mirada. Tragué saliva.
Mierda. Su mirada se volvió la de un depredador. Bastó para que el calor se concentrara en mi vientre. Con los dedos temblorosos, llevé las manos a la espalda y desabroché el sostén. La prenda se aflojó, se deslizó hacia delante y la dejé caer.
Mis pechos rebotaron un poco al quedar libres y el aire fresco me rozó la piel. Los pezones se endurecieron por el frío, pero sobre todo porque él bajó los ojos para estudiarlos como si decidiera con cuál jugar primero.
Dejé los dedos sobre la cintura de las pantaletas y rocé la tela suave, pero me detuve. ¿De verdad iba a desnudarme frente a él?
—Yo... —murmuré, indecisa.
Habló con tono grave y autoritario.
—Quítatelas. Déjame verte.
La forma en que lo dijo me estremeció y obedecí antes de poder pensarlo.

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