Grace
Gemí y me llevé una mano a la cabeza. Hice una mueca cuando una punzada aguda me atravesó el cráneo.
—¿Qué carajos...? —murmuré con voz ronca. Sentía como si alguien me golpeara el cerebro con un martillo.
Volví a gemir y apreté la palma contra mi frente. Me dolía todo el cuerpo, como si hubiera corrido un maratón o me hubiera atropellado un camión. Me puse boca arriba y exhalé, con la esperanza de que el techo dejara de dar vueltas. Sin embargo, el aire frío que me rozó el pecho me dejó paralizada.
Espera. Me ceñí la sábana al cuerpo. El corazón me retumbaba en el pecho. ¿Por qué me sentía tan descubierta? Bajé la mirada despacio.
—Ay, por Dios.
Estaba desnuda. Ni siquiera llevaba sostén ni pantaletas. Se me cortó la respiración mientras intentaba recordar qué había pasado. El antro.
—Vamos al antro —había dicho Eleanor.
Cierto, salí con ellos. ¿Pero por qué no recordaba nada después de eso? ¿Otra vez me emborraché?
Abrí los ojos, presa del pánico.
—¿Me acosté con alguien?
Me tapé la cara con ambas manos y sentí cómo me ardía el cuello.
—¡¿Qué demonios hiciste, Grace?!
Esto era un desastre.
—Odio esto —murmuré para mí y me froté la cara con frustración—. Si de verdad me acosté con alguien anoche, ¿por qué no recuerdo nada? Se suponía que el objetivo era recordar cómo se sentía y lo bueno que era. Al menos me habría ayudado a lidiar con toda esta maldita tensión sexual y quizá habría evitado que al final terminara metiéndome en la cama con ese demonio.
Entonces, ¿qué sentido tenía? Apreté los dientes, me pasé una mano por el cabello negro y enredado y por fin observé la habitación. Era agradable y, aunque no era muy amplia, se veía costosa. Tenía una cama extragrande, piso de mármol negro y un baño moderno en una esquina.
Arqueé una ceja. ¿Dónde estaba?
—Es gracioso —comentó una voz desde el otro lado de la habitación—. Si sabías que era un demonio, debiste pensarlo bien antes de entrar aquí por tu propia voluntad.
Me quedé inmóvil.
Esa voz.
“No. Dios, por favor, no. De entre toda la gente de este planeta, que no sea él”. Cerré los ojos con fuerza.
“Dios, lo juro, si no es él, me convertiré en la creyente más devota del mundo. Iré a la iglesia todos los días, dejaré de decir groserías, haré lo que sea, pero, por favor... que no sea él”.
—Mírame, señorita Grace —continuó la voz, demasiado divertida—. Esto no es un sueño.
Se me cayó el alma al piso. Giré despacio. Un escalofrío de terror me recorrió la espalda. Mierda.
Ahí estaba, sentado con toda calma en el sofá de cuero negro como si fuera dueño del mundo. Tenía las piernas cruzadas, las mangas remangadas y la camisa desabrochada apenas lo suficiente para volverme loca. Tenía el cabello oscuro revuelto, con esa soberbia que solo alguien demasiado poderoso podía permitirse. Las venas se le marcaban en los antebrazos mientras tamborileaba los dedos sobre el apoyabrazos.
Apollo Reed. El mismísimo Diablo. Clavó los ojos en mí.
—Veo que por fin despertaste —murmuró.
Me aferré a la sábana cuando los recuerdos de la noche anterior me asaltaron. ¿Qué carajos había hecho?
***
Unas horas antes.
La música me retumbaba en los oídos. La gente se movía por todas partes. Bailaba, se restregaba y se besaba en rincones oscuros como si nadie más existiera.
Eleanor me puso un trago en la mano.
—Toma.
Miré el vaso, pero no lo acepté. En cambio, la miré a ella. Ya tenía las mejillas encendidas y sonreía con la soltura de quien estaba medio ebria. Ya estaba metida de lleno en la fiesta.
Ya presentía que acabaría arrepintiéndome. No pude disimular la incomodidad al recordar la noche en que me emborraché y entré a la habitación equivocada.
—No, paso —dije.
—¡¿Por qué?! —protestó y me rodeó los hombros con dramatismo—. Estás para matar con ese vestido negro. ¿Y tu cabello? ¿Te lo rizaste? ¿Sabes lo increíblemente sexy que te ves ahora? A ver, ¿te vas a quedar ahí parada toda la noche sin tomarte siquiera un trago?
—Eleanor, ya no bebo en público. Mucho menos después de lo que pasó aquella noche.
—¿Qué noche? —preguntó, confundida.
—La noche en que se acostó por accidente con su jefe —intervino Wyatt, plantado frente a nosotras como un enorme guardia de seguridad.
Volteé hacia él, furiosa.
—No me acosté con él.
—Casi. —Sonrió.
Eleanor parpadeó y luego se rio.
—Ah, esa noche. Creí que hablabas de algo serio.
—¡Sí fue serio! —espeté—. Entré a la habitación equivocada del hotel y...
—Y fuiste a dar con el hombre más codiciado del país —remató Eleanor, nada impresionada—. Y ni siquiera cogiste. Qué desperdicio.
Sonrió.
—Por eso mismo necesitas beber y liberarte. No volverás a cometer ese error. Wyatt está con nosotras. Estás a salvo.
Volteé hacia Wyatt y él asintió.
—No estarás sola. Puedes divertirte.
Los miré. Ella estaba medio ebria y era peligrosa; él, tranquilo y sobreprotector.
—Está bien. Solo un trago —dije en voz baja y tomé el vaso de la mano de Eleanor.
El líquido me ardió al bajar por la garganta.

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