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Compláceme, Papi romance Capítulo 34

Grace

El restaurante estaba a reventar cuando entré. Olía a carne asada y mantequilla de ajo y no pude evitar sonreír. Me alegraba que les estuviera yendo bien.

Cuando Eleanor y Wyatt se casaron, todos tenían algo que decir. La gente pensaba que eran demasiado jóvenes, demasiado ingenuos, demasiado impulsivos. Se reían a sus espaldas y murmuraban sobre cuánto tardarían en pedir el divorcio. Pero yo nunca dudé de ellos.

Eleanor y Wyatt eran polos opuestos, pero, de algún modo, encajaban. Había visto cómo se miraban. Se amaban, peleaban, lloraban, se reconciliaban y lo volvían a intentar.

Quizá por eso me entregué tanto a Charles. Porque quería algo como lo que ellos tenían.

Quizá Charles no era el problema. Quizá lo era yo, por hacerme demasiadas ilusiones con la idea del amor. Por empeñarme tanto en hacer que algo pareciera destino cuando no lo era.

—Tienes tres días, Grace —la frase me retumbó en la cabeza, burlona.

Me quedé helada. ¿Qué carajo? ¿Por qué no dejaba de darme vueltas en la cabeza?

Sacudí la cabeza y parpadeé, tratando de espantarla. Se me escapó un quejido mientras me frotaba la sien. Dios, ¿por qué no podía dejar de pensar en eso?

—¡Grace! —Levanté la mirada, sobresaltada.

Eleanor me saludaba con entusiasmo desde detrás del mostrador, casi dando saltitos de puntitas. Sonreí sin poder evitarlo mientras me acercaba a ella.

—¡Hola! —exclamé.

Wyatt, robusto y con el cabello rizado recogido en un moño, salió de la cocina con un delantal enorme. Se plantó detrás de Eleanor, enorme y tranquilo.

—¿Grace? —dijo—. ¿Qué haces aquí? ¿No te habías ido al trabajo?

Me encogí de hombros.

—No me sentía muy bien. Me dijeron que me fuera a casa a descansar.

No mencioné que tenía tres días libres. La verdad, no tenía idea de por qué Apollo me lo permitió. ¿Se sentiría mal por lo que pasó en la oficina? Sí, cómo no. Un hombre así no se sentía mal por nadie. Seguramente solo quería darme tiempo para pensar en el trato. No discutí. Tomé mi bolsa y salí disparada.

Tenía la cabeza hecha un lío. Hasta le escribí a River para dejar para mañana nuestros planes de comer juntos. Eleanor y Wyatt intercambiaron una mirada. Eleanor volvió a mirarme y sonrió con dulzura.

—Debes tener hambre. ¿Qué quieres comer? Yo te preparo lo que quieras.

Antes de que alguno de los dos pudiera decir algo, fui al mostrador, me quité la peluca rubia y la colgué en el gancho del fondo. Mi cabello natural me cayó sobre los hombros en ondas suaves. Después me quité los lentes y alcancé un delantal que colgaba del gancho.

—¿Qué haces? —preguntó Wyatt, arqueando las cejas.

—Ayudar —dije, ajustándome bien el delantal a la cintura—. Están ocupados. Necesitan una mano extra.

—No, no —dijo Eleanor enseguida—. No vas a ayudar. Tienes que descansar, Grace. Se nota que estás preocupada.

Puse los ojos en blanco mientras me lavaba las manos.

—Vivo en su casa gratis. Debería ayudar aquí.

Wyatt quiso decir algo, pero me adelanté.

—Además, necesito mantenerme ocupada.

Eleanor titubeó un momento. Me leía como un libro abierto. Sabía que algo me había pasado. Pero en vez de hacer preguntas, solo asintió despacio y me sonrió.

—Está bien, puedes ayudar. Pero solo para tomar pedidos y atender a los clientes.

Hice un saludo militar en broma.

—Sí, señora.

Me subí las mangas de la blusa y tomé la libreta y la pluma del mostrador.

***

Limpié la mesa con un trapo húmedo y apilé los platos vacíos con cuidado. Las sillas ya estaban volteadas sobre las mesas, las luces atenuadas y el letrero de neón de afuera apagado.

El restaurante por fin había cerrado. Suspiré y estiré los brazos por encima de la cabeza. Me dolían los músculos, sobre todo la parte baja de la espalda. Bajé la mirada hacia el billete arrugado de cinco dólares que llevaba en el bolsillo del delantal.

No era mucho, pero me lo había ganado con mi propio esfuerzo. Sonreí para mí misma.

—¡Mesera! —me llamó Eleanor.

Me giré y la vi sonriendo como una diablilla, con una botella oscura de licor en una mano y dos vasos pequeños de vidrio en la otra.

Arqueé una ceja.

—¿Eh? ¿Qué es eso?

Se acercó y dejó todo sobre la mesa limpia.

—¿Qué más? Cerramos temprano, hoy nos fue increíble. Hora de tomar algo y celebrar.

Wyatt venía detrás, cargando un plato con nueces saladas. Se veía sorprendentemente relajado, todavía con las mangas arremangadas y el cabello algo despeinado por el largo turno.

Parpadeé.

—¿Están seguros de que...?

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